¿Sigue todo atado y bien atado?

Opinion

Más de medio siglo después de la muerte de Franco, tengo la sensación de que nuestra democracia se quedó a medio terminar. Hemos avanzado enormemente, pero quizá nunca nos atrevimos a romper todos los nudos que venían de la dictadura.

Hay frases que sobreviven a quienes las pronunciaron.

Una de ellas es aquella famosa expresión de Francisco Franco: «atado y bien atado».

La pronunció en 1969 al hablar de su sucesión y de la designación de Juan Carlos de Borbón como futuro rey.

Más de medio siglo después de la muerte del dictador, miro la situación política e institucional de España y, salvando todas las distancias —porque afortunadamente aquella dictadura y la España actual no son comparables—, no puedo evitar hacerme una pregunta:

¿quedaron algunas cosas demasiado atadas?

Una democracia que transformó España

Sería absurdo negar lo conseguido.

España es hoy una democracia. Votamos libremente, existen partidos políticos de todas las tendencias, libertad de expresión, sindicatos, elecciones periódicas, comunidades autónomas, derechos civiles y sociales y una Constitución aprobada por los ciudadanos.

Nada de eso existía durante la dictadura.

La Transición consiguió además algo extraordinariamente difícil: pasar de una dictadura de casi cuarenta años a una democracia evitando otra confrontación entre españoles.

Eso merece ser reconocido.

Pero reconocer lo conseguido no significa convertir la Transición en algo intocable.

Porque también podemos preguntarnos qué quedó pendiente.

Reforma o ruptura

Cuando murió Franco, España podía intentar dos caminos: romper completamente con las estructuras anteriores o transformar el sistema desde dentro.

Finalmente se optó fundamentalmente por la reforma.

Las propias instituciones procedentes del franquismo aprobaron su transformación mediante la Ley para la Reforma Política y posteriormente llegaron las elecciones de 1977 y la Constitución de 1978.

Aquello permitió avanzar rápidamente hacia la democracia.

Pero tuvo un precio.

No se empezó desde una hoja en blanco.

Determinadas estructuras del Estado, funcionarios, jueces, militares, policías, empresarios y personas vinculadas al poder económico y político anterior continuaron formando parte de la nueva España democrática.

Era probablemente inevitable que buena parte de la Administración continuara funcionando. Un país no puede despedir de un día para otro a todo su aparato estatal.

Pero quizá aquella necesidad terminó convirtiéndose también en una forma de continuidad.

No hubo huevos

Voy a decirlo de una manera poco académica, pero bastante comprensible:

quizá no hubo huevos para llegar hasta el final.

O quizá no se pudo.

O quizá las circunstancias históricas aconsejaban no hacerlo.

Había miedo.

El recuerdo de la Guerra Civil seguía presente. El Ejército conservaba un enorme poder. Existía terrorismo. Había violencia política y una democracia todavía extremadamente frágil.

El intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 demostraría posteriormente que aquellos temores no eran imaginarios.

Por eso puedo comprender el consenso de aquellos años.

Lo que me cuesta más comprender es que, transcurrido más de medio siglo desde la muerte del dictador, sigamos considerando algunos debates prácticamente intocables.

¿Por qué no terminamos el trabajo después?

Esta es para mí la verdadera pregunta.

Puedo entender que en 1977 no pudiera hacerse todo.

Puedo entender las renuncias de la izquierda.

Puedo entender las concesiones de la derecha.

Puedo entender que hubiera que sentar en una misma mesa a personas que pocos años antes estaban en posiciones absolutamente enfrentadas.

Lo que resulta más difícil de explicar es por qué cuarenta o cincuenta años después no hemos sido capaces de revisar serenamente aquello que entonces no pudo revisarse.

Han gobernado socialistas.

Ha gobernado la derecha.

Ha habido mayorías absolutas.

Han aparecido nuevos partidos.

Han cambiado varias generaciones.

Y, sin embargo, determinados asuntos fundamentales continúan provocando una resistencia enorme cada vez que alguien intenta abrirlos.

Justicia, política y poder

Lo vemos también en nuestra relación con la Justicia.

Los ciudadanos asistimos a investigaciones judiciales que inmediatamente se convierten en batallas políticas, a partidos que celebran las decisiones de determinados jueces cuando les benefician y las atacan cuando les perjudican, y a procedimientos judiciales que ocupan durante meses las portadas de los periódicos antes siquiera de que exista una sentencia.

Y sucede también al contrario.

Los políticos intentan influir en instituciones que deberían permanecer alejadas de la lucha partidista.

Unos y otros terminan alimentando la misma sensación:

que los poderes del Estado están demasiado mezclados.

Cuando eso ocurre, quien pierde no es la izquierda ni la derecha.

Pierde el ciudadano.

Una democracia no se termina nunca

Quizá nuestro error sea hablar de la Transición como si la democracia hubiera quedado terminada en 1978.

Una democracia nunca está terminada.

Hay que revisarla, mejorarla y protegerla continuamente.

Las instituciones creadas hace décadas pueden necesitar reformas.

La Constitución puede modificarse.

Los mecanismos de elección de determinados órganos pueden revisarse.

La transparencia puede ampliarse.

Y los poderes del Estado deben adaptarse a una sociedad que nada tiene que ver con la España que salió de la dictadura.

Hacerlo no significa destruir la Transición.

Puede significar precisamente completarla.

Más de cincuenta años después

Franco murió el 20 de noviembre de 1975.

Han pasado más de cincuenta años.

La inmensa mayoría de los españoles que hoy trabajan, estudian, votan y forman familias no participaron en la Transición. Muchos ni siquiera habían nacido.

No podemos vivir eternamente condicionados por los miedos, silencios y equilibrios necesarios en aquellos años.

Tenemos derecho a preguntarnos qué funciona.

Y qué no.

Qué debemos conservar.

Y qué debemos cambiar.

Sin miedo.

Sin nostalgias.

Y sin convertir cualquier crítica al funcionamiento de nuestras instituciones en un ataque a España o a la democracia.

Precisamente porque quiero una democracia fuerte, quiero una democracia capaz de cuestionarse a sí misma.

¿Atado y bien atado?

No creo que Franco pudiera diseñar desde 1969 la España en la que vivimos hoy.

La sociedad española rompió muchísimas de aquellas ataduras y conquistó libertades que la dictadura jamás habría permitido.

Pero sí tengo la sensación de que algunos nudos nunca terminaron de deshacerse.

Y me preocupa todavía más que estemos creando otros nuevos.

Una Justicia cuestionada.

Una política convertida demasiadas veces en espectáculo.

Partidos incapaces de alcanzar acuerdos básicos.

Bulos utilizados como armas.

Instituciones cuya credibilidad disminuye.

Ciudadanos que empiezan a pensar que su voto sirve cada vez para menos.

Eso debería preocuparnos independientemente de que seamos de izquierdas, de derechas o de ninguna parte.

Porque la democracia no consiste solamente en introducir una papeleta en una urna cada cuatro años.

Consiste en confiar en que las reglas funcionan igual para todos.

Han pasado más de cincuenta años.

Quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente qué democracia heredamos de la Transición.

Y empezar a preguntarnos:

¿qué democracia queremos dejar nosotros a quienes vienen detrás?

Porque si después de más de medio siglo todavía encontramos nudos que nadie se atreve a desatar, tendremos que volver a aquella vieja frase y preguntarnos, aunque resulte incómodo:

¿sigue todo atado y bien atado?