La rebelión de los dos euros

El rincón

Todo transcurría en silencio hasta que un grito rompió la tranquilidad de la biblioteca: «¡Ladrones!». No habían desaparecido libros ni ordenadores. El culpable era una máquina de café que se había tragado dos euros. Lo que sucedió después fue una auténtica rebelión.

Crónicas de una biblioteca de cuyo nombre no quiero acordarme

Estábamos todos en silencio, estudiando.

Bueno, rectifico. Todos, no. Algunos estaban despiertos, que ya era bastante.

Era una de esas tardes en las que el único sonido que se escuchaba era el de las páginas al pasar, algún teclado y, de vez en cuando, el suspiro de un estudiante que acababa de descubrir que todavía le quedaban tres temas por estudiar para el examen del día siguiente.

Todo transcurría con absoluta normalidad.

Hasta que un grito rompió el silencio.

—¡¡LADRONES!! ¡¡SOIS UNOS LADRONES!!

Las cabezas se levantaron casi al mismo tiempo.

Por un instante pensé que alguien había descubierto el robo de algún ordenador, la desaparición de un libro antiguo o, quizá, que habían suspendido a media universidad por un error informático.

Pero no.

Era algo mucho más grave.

Dos euros.

Dos euros que una máquina de café acababa de tragarse sin entregar nada a cambio.

Yo me dirigía precisamente a tomar mi habitual descanso cuando escuché el escándalo. Al llegar a la zona de entrada, donde estaban las máquinas de venta automática, contemplé una escena que difícilmente habría podido inventar.

Un hombre, visiblemente enfadado, golpeaba la máquina de café con las manos.

Primero con una.

Después con las dos.

Y, como el aparato parecía no comprender la gravedad de su comportamiento, decidió explicárselo también con el pie.

La máquina permanecía impasible.

Ni café.

Ni dinero.

Ni disculpas.

Dos bibliotecarias acudieron rápidamente, alarmadas por los gritos y los golpes.

—Señor, por favor, que estamos en una biblioteca.

—¡Y yo estoy en un sitio donde me roban! ¡Es la segunda vez que me quitan un euro!

Y, para reforzar su argumento, volvió a golpear la máquina.

Una vez.

Dos.

Tres.

Aquello empezaba a parecer menos una reclamación y más una declaración de guerra.

El hombre estaba rojo como un tomate y daba vueltas alrededor del aparato, buscando quizá algún punto débil por el que recuperar su dinero.

Una de las bibliotecarias intentó tranquilizarlo.

—No se preocupe, señor. Le devolverán el dinero.

—¡Ya, ya! ¡Seguro!

—Sí. Tiene que llamar al número de teléfono que aparece en la máquina. La empresa comprobará la incidencia y le devolverá el importe a la misma tarjeta.

El hombre se detuvo.

Por primera vez parecía dispuesto a escuchar.

—¿Y cuándo?

—Normalmente, en unos días.

Su rostro cambió de expresión.

—¿UNOS DÍAS? ¡PERO SI ME LOS HAN QUITADO EN UN SEGUNDO!

La bibliotecaria asintió pacientemente.

El hombre se quedó pensativo unos segundos.

—¡Pues espero que me los devuelvan con intereses!

A esas alturas, el espectáculo había conseguido algo que muchos profesores no logran durante todo un curso académico: captar la atención absoluta de los estudiantes.

Algunos se habían levantado de sus sillas. Otros observaban desde el fondo de la sala. Incluso los que llevaban un buen rato dormidos parecían haber recuperado repentinamente el interés por la vida.

La segunda bibliotecaria intervino.

—Por favor, señor, tiene que salir fuera. Está molestando a todos los estudiantes y, además, al lado tenemos la zona infantil.

—¡Pues que sepan los niños que aquí hay una máquina que roba!

—Señor, por favor...

—¡DOS EUROS! ¡QUE SON DOS EUROS!

Finalmente, después de alguna protesta más, sacó el teléfono móvil y comenzó a marcar el número de atención al cliente.

Salió por la puerta.

Pero su voz continuó escuchándose desde el exterior.

—¡¡LADRONES!! ¡¡SOIS UNOS LADRONES!!

Hubo unos instantes de relativa tranquilidad.

Las bibliotecarias regresaron a sus puestos. Los estudiantes volvieron a mirar sus libros, aunque alguno todavía sonreía.

Yo continué observando aquella máquina, que permanecía inmóvil, como si nada hubiera sucedido.

De pronto, la puerta volvió a abrirse.

Era él.

Entró a una velocidad que habría despertado la envidia de cualquier maquinista del AVE.

Atravesó la sala casi sin mirar a nadie, llegó a su mesa y comenzó a recoger sus pertenencias.

El portátil.

Los libros.

Los apuntes.

La mochila.

Caos en la maquina de cafeTodo desapareció dentro de ella en cuestión de segundos.

Y, con la misma velocidad con la que había entrado, salió de nuevo.

Esta vez definitivamente.

La biblioteca recuperó el silencio.

Los estudiantes regresaron a sus apuntes. Algunos, incluso, volvieron a dormirse.

Yo continué hacia mi descanso, mirando de reojo aquella máquina que permanecía inmóvil, como si nada hubiera sucedido.

No sé si aquel hombre recuperó sus dos euros.

Tampoco sé si la máquina volvió a funcionar.

Pero desde entonces, cada vez que me acerco a una máquina de café, la miro con cierto respeto.

Nunca se sabe.

Porque aquella tarde comprendí que, en una biblioteca, el silencio es gratuito. Romperlo, por lo visto, cuesta exactamente dos euros.

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