Por la calle Alcalá, esquina Gran Vía, Madrid. Año 1930.
No hay pancartas. No hay gritos. No hay protestas.
Solo una mujer sentada en los escalones, con su hijo en brazos, otro a su lado con los pies descalzos, y una niña tocando un piano desvencijado por unas monedas.
No hay tristeza en su rostro: hay algo más duro. Resistencia. Silencio. Hambre. Una dignidad rota y, aun así, intacta.

Vivimos en una era donde un simple clic puede desencadenar una tormenta invisible. Lo digo por experiencia. Basta con pulsar sobre uno de esos anuncios sugerentes en Facebook, Instagram o cualquier página web: “Calcula tu pensión gratis”, “Descubre quién visita tu perfil”, “Curso online de memoria fotográfica”, “Publica tu libro ahora con esta editorial”…

Desde el calor que me envuelve en la sauna. El sudor se mezcla con mis pensamientos. Y una pregunta me quema: ¿hemos olvidado sudar?Y por si alguien piensa que exagero, escuchen al expresidente José María Aznar: habló de que el actual presidente del Gobierno podría alterar unas elecciones. Y Feijóo, líder de la oposición, lejos de corregirlo, lo respaldó: “Está acreditado que les gusta el fraude”.

Érase una vez un reino situado en una tierra no muy lejana, donde un grupo de valientes había llegado al poder. No eran perfectos, pero trataban de cuidar a su gente: compartían el pan, construían puentes, y atendían a los enfermos sin preguntarles de dónde venían ni cuánto tenían.

Hay despedidas que se sienten en toda la comunidad. Toñi era una de esas personas que, sin hacer ruido, lograban que el mundo pareciera un lugar más amable. Tras su marcha reciente, y después de que estas palabras fueran compartidas en su memoria durante la misa de difuntos, dedicamos este espacio a su recuerdo y al de todas las madres que, como ella, dejan una huella imborrable en su familia.