Sequía, piscinas de olas, peregrinos, influencers y espacios naturales masificados. Cinco noticias publicadas el mismo día que parecen diferentes, pero quizá cuentan una única historia: la nuestra.
Hace unas semanas abrí EL PAÍS y la primera noticia que me hizo detenerme hablaba de agua.
O, mejor dicho, de la falta de ella.
«La gran sequía devora el corazón de Europa», decía el titular.
Francia, Reino Unido, Alemania, Italia… restricciones de agua, cosechas arruinadas, ríos con caudales mínimos, problemas para el transporte de mercancías, pérdidas económicas multimillonarias y millones de ciudadanos descubriendo que abrir un grifo y encontrar agua al otro lado quizá no sea eternamente un gesto tan sencillo como hemos pensado.
Y mientras leía pensaba algo que probablemente muchos pensamos y olvidamos cinco minutos después:
Tenemos un problema.
No dentro de cien años.
Ahora.
Y podemos seguir esperando a que gobiernos, empresas, organismos internacionales, científicos o alguna tecnología que todavía no hemos inventado vengan a solucionarlo todo, o podemos empezar a asumir que nosotros, los ciudadanos, también tendremos que cambiar algunas cosas.
Porque cuando hablamos de las generaciones futuras parece que estemos hablando de unos seres abstractos que habitarán la Tierra dentro de varios siglos.
No.
Son nuestros hijos. Son nuestros nietos.
Los conocemos. Tienen nombre. Se sientan con nosotros a la mesa.
Y el planeta que reciban será, en buena medida, el que nosotros decidamos dejarles.
Podemos entregarles tecnología inimaginable, inteligencia artificial, coches autónomos y máquinas extraordinarias. Pero de poco les servirá si también les entregamos ríos secos, acuíferos agotados, ecosistemas destruidos y un clima cada vez más difícil de habitar.
Pensando en todo esto seguí leyendo el periódico.
Y entonces apareció otra noticia.
Mientras Europa se seca, Madrid quiere fabricar olas
Una gigantesca piscina de olas en Madrid.
Tuve que volver a mirar el titular.
Acababa de leer páginas hablando de restricciones de agua, ríos agonizando y cosechas perdidas y, unos minutos después, estaba leyendo sobre un proyecto para fabricar olas artificiales a cientos de kilómetros del mar.
Y pensé:
Quizá el problema seamos nosotros.
Nos consideramos la especie más inteligente del planeta, aunque hacemos esfuerzos extraordinarios para sembrar dudas.
Hablamos de cambio climático, sequías, acuíferos, incendios y temperaturas extremas mientras seguimos comportándonos como si los recursos fueran infinitos.
Después organizaremos congresos para estudiar cómo salvar el planeta.
Y quizá nuestros nietos miren algún día hacia nuestra época y se pregunten:
«¿Pero no sabían lo que estaba ocurriendo?»
Sí.
Lo sabíamos.
Estaba en los periódicos.
Pero queríamos una piscina de olas.
Y después apareció Santiago
Continué leyendo.
Santiago de Compostela y los problemas provocados por determinados comportamientos de los peregrinos.
Y nuevamente apareció la misma sensación.
No sufrimos solamente un problema de exceso de turismo. A veces sufrimos un problema de exceso de idiotas por metro cuadrado.
Hemos confundido viajar con ocupar.
Parece que porque hemos pagado un hotel, comprado una cerveza o recorrido ochocientos kilómetros andando adquirimos también el derecho a gritar, emborracharnos, ensuciar y convertir las calles donde viven otras personas en nuestro parque de atracciones particular.
No es Santiago.
Somos nosotros.
Todo el conocimiento humano en un teléfono
Y unas páginas después aparecieron los influencers.
Otra aparente historia diferente.
Pero tampoco lo era.
Nunca habíamos tenido tanto conocimiento al alcance de la mano.
Dentro de un pequeño teléfono llevamos bibliotecas, universidades, museos, ciencia, historia, literatura, música y una buena parte del conocimiento acumulado por la humanidad.
Y hemos decidido emplear una cantidad extraordinaria de nuestro tiempo mirando vídeos de unos segundos de personas haciendo cualquier estupidez con tal de conseguir visitas.
Se lo digo muchas veces a mi hijo: teniendo el mundo entero dentro de una pantalla, ¿cómo podemos desperdiciar semejante privilegio viendo durante horas gilipolleces?
Aunque quizá culpamos demasiado a los influencers.
Los hemos creado nosotros.
Nadie consigue millones de seguidores sin millones de personas dispuestas a regalarle su tiempo.
Y finalmente, los ríos de Andalucía
Después llegaron los espacios naturales saturados de visitantes.
El mecanismo ya lo conocemos.
Alguien muestra en televisión o en una red social una cascada, un río o un rincón maravilloso.
Y allí vamos todos.
No sabemos qué especies viven allí. No conocemos su ecosistema. Quizá ni siquiera sabríamos señalar el lugar en un mapa.
Pero necesitamos llegar.
Y, sobre todo, necesitamos demostrar que hemos llegado.
Aparcamos, pisamos, gritamos, dejamos nuestra huella, hacemos veinte fotografías con el móvil y volvemos satisfechos.
Antes regresábamos de vacaciones y aburríamos a familiares y amigos enseñándoles las fotografías.
Ahora hacemos quinientas que probablemente nosotros mismos nunca volveremos a mirar.
Pero estuvimos allí.
Lo verdaderamente triste no es que queramos conocer la naturaleza.
Es que vamos a verla y, entre todos, conseguimos que el siguiente tenga un poco menos de naturaleza que ver.
Eso sí.
Nosotros tendremos la foto.
Cinco noticias. Una sola historia
Cerré el periódico y me di cuenta de que quizá no había leído cinco noticias.
Había leído cinco capítulos de una misma historia.
La nuestra.
Europa se seca y nosotros construimos olas artificiales.
Las ciudades se saturan y seguimos llegando como si nadie viviera en ellas.
Tenemos todo el conocimiento humano dentro del bolsillo y preferimos deslizar el dedo sobre una pantalla.
Descubrimos un espacio natural maravilloso y nuestra primera reacción es acudir todos a ocuparlo.
Y mientras tanto hablamos continuamente del planeta que dejaremos a las generaciones futuras.
Quizá deberíamos dejar de utilizar esa expresión.
No son «las generaciones futuras».
Son nuestros hijos.
Son nuestros nietos.
Y algún día tendrán todo el derecho del mundo a preguntarnos qué hicimos cuando todavía estábamos a tiempo.
No podremos responder que no lo sabíamos.
Lo sabíamos.
Lo estamos viendo cada día.
La cuestión es si seremos capaces de espabilar y cambiar algunas cosas o seguiremos viviendo como si los recursos fueran infinitos y alguien, algún día, fuese a arreglar detrás de nosotros todo lo que vayamos dejando.
La Tierra probablemente seguirá aquí cuando nosotros desaparezcamos.
Lo que está en nuestras manos es decidir qué Tierra encontrarán nuestros nietos.