Hace unos días, el 14 de mayo, se cumplía un año más desde que se fue B.B. King. Y hoy, casi sin buscarlo, he vuelto a él.
Revisando fotos, discos duros… esos ceros y unos donde guardamos lo que creemos importante. Pero hay cosas que no están ahí. Porque yo no lo recuerdo como una fecha en el calendario. Lo recuerdo como algo vivido.
Como reportero gráfico, tuve el privilegio de asistir a muchos de sus conciertos en España. Prácticamente estuve presente en todas sus visitas, siempre a unos metros de él, con el ojo pegado al visor de mi cámara. Desde las noches míticas del País Vasco, incluyendo aquel concierto en Bilbao, hasta los festivales de la sierra. Sintiendo cada nota en el foso de prensa como si no saliera de una guitarra, sino de algún lugar mucho más profundo.
Y hubo un momento… uno de esos que no se olvidan y que justifican toda una profesión.
Ocurrió en las entrañas de la Plaza de Toros de Las Ventas, en aquella recordada gira de 2004. En la intimidad del camerino, con esa sonrisa tranquila y sin prisa que solo tienen los grandes, el Rey del Blues me ofreció lo más sagrado que tenía entre las manos: su guitarra, su “Lucille”.
“Tócala… y sentirás en tu sangre las vibraciones que te seguirán hasta la eternidad”, me dijo con su voz profunda.
Por un instante, llegué a tocarla.
Y no era madera. No eran cuerdas.
Era algo vivo.
Era el blues.
Aquel día, el maestro se mostró generoso y me despidió con algunos regalos personales que hoy ocupan un lugar de honor en mi estantería. Reliquias que, años después, volvieron a acompañarme cuando lo fotografié bajo las estrellas en el festival Viajazz de Collado Villalba.
Hoy, las fotos de aquellos conciertos están guardadas en discos duros, congeladas en ceros y unos. Pero lo verdaderamente importante no está ahí. El recuerdo de aquellas noches, de su mirada, de ese sonido que no necesitaba traducción… eso vive en otro sitio. En la memoria viva. En las neuronas.
Y es ahí donde B.B. King sigue existiendo.
Hoy vivimos rodeados de ruido. Canciones que muchas veces ni se entienden… o quizá sea mejor no hacerlo. Porque cuando uno ha sentido la vibración de “Lucille” a un metro de distancia, se da cuenta del vacío que hay en muchas cosas de ahora.
Por eso los grandes siguen llenando conciertos. Por eso las leyendas de los años 70 y 80 vuelven una y otra vez. Porque lo auténtico no caduca. Porque la música de verdad no envejece.
Porque el alma… cuando es de verdad… no desaparece.
Aquí os dejo algunas de las fotos de los conciertos en los que estuve. No son solo imágenes para un periódico o una web local.
Son momentos.
Son vida.
Y aunque estén guardadas en un frío disco duro…
lo que representan sigue aquí dentro.
Latiendo al ritmo del blues.
“En El Caminante, el blues de B.B. King también suena entre sus páginas.”
En mi novela El Caminante, hay momentos en los que la música acompaña el viaje de Dark y Natacha. Entre esas melodías, el blues ocupa un lugar especial.
No es casualidad.
Mientras escribía esas escenas, muchas veces volvía a aquellos conciertos, a esa guitarra, a ese sonido que parecía hablar sin palabras.
Quizá por eso, en esas páginas, también está él.
No como personaje.
Sino como recuerdo.





enlaces.... https://www.youtube.com/watch?v=4fk2prKnYnI
https://www.youtube.com/watch?v=SGgMZE_wVc8&list=RDSGgMZE_wVc8&start_radio=1