VIII – La dama del 722

Historias del 722

En el autobús 722, cada asiento esconde una historia. Esta vez, una joven de ojos azules rompe el silencio y se sienta junto a un pasajero que lleva tiempo observando la vida desde su ventanilla. Entre sonrisas, confidencias, timidez y alguna que otra reflexión sobre el amor, descubrirán que las mejores conversaciones comienzan cuando alguien se atreve a decir «hola».

Un día cualquiera.

No recuerdo si era lunes, martes o jueves. A estas alturas de mi vida he llegado a la conclusión de que los días de la semana solamente sirven para dos cosas: saber cuándo cobran los trabajadores y recordar cuándo cierran algunos establecimientos.

Lo demás es vivir.

El 722 llegó puntual, como casi siempre.

Juan estaba al volante.

—Buenos días, Juan.

—Buenos días. ¿Qué tal?

—Pues aquí estamos, dispuesto a descubrir qué nos ofrece hoy la vida.

—¿Y eso?

—Que nunca se sabe lo que puede pasar en un autobús.

Juan sonrió.

—Pues espero que hoy no pase nada raro.

—Tranquilo. Si pasa algo, lo escribo.

Pasé mi tarjeta y caminé por el pasillo.

Había varios asientos libres.

Me detuve un momento, observando.

Una señora consultaba su teléfono. Dos estudiantes hablaban de un examen. Un muchacho dormía con los auriculares puestos y una mochila entre las piernas.

Y allí estaba ella.

La chica de los ojos azules.

La había visto muchas veces.

No era solamente su belleza. Había algo en su manera de mirar, de sonreír, de relacionarse con los demás. Algunas personas entran en un lugar y parece que la luz cambia ligeramente.

Ella era una de esas personas.

Me senté solo junto a la ventana.

No habían pasado ni treinta segundos cuando escuché una voz.

—¿Está libre?

Levanté la mirada.

Era ella.

—Para usted, señorita, siempre.

Sonrió y se sentó a mi lado.

—Buenos días.

—Buenos días. Hoy tenemos una visita importante.

—¿Quién?

—La dama del 722.

Me miró sorprendida.

—¿La dama del 722?

—Sí. Tú.

Soltó una carcajada.

—¡Pero qué cosas dice!

—No digo cosas. Describo acontecimientos.

—¿Y por qué soy la dama?

—Porque eres la joven más bella que veo habitualmente en este autobús.

—¡Vaya! ¿Y eso se lo dice a todas?

—No. A las demás les digo buenos días.

Volvió a reír.

—Pues muchas gracias.

—No hay de qué. La belleza es algo que se puede admirar sin necesidad de pedir nada a cambio.

Me observó unos segundos.

—Entonces, si lleva tanto tiempo viéndome, ¿por qué nunca se ha sentado conmigo?

—Buena pregunta.

—Espero una buena respuesta.

—La tendrás. Pero primero tengo que explicarte una teoría.

—¿Una teoría?

—Sí. La teoría de los dos problemas de las chicas guapas.

—Esto promete.

—El primero es que algunos jóvenes no saben cómo acercarse a vosotras.

—¿Por qué?

—Por timidez. Por miedo a hacer el ridículo. Porque imaginan que una chica como tú debe tener veinte pretendientes esperando turno.

—¡Qué exagerado!

—Quizás. Pero la imaginación de un muchacho enamorado puede ser más peligrosa que una película de ciencia ficción.

Claudia se echó a reír.

—Pues algo de razón tiene.

—¿Lo ves?

—Hay un chico que me gusta.

—¡Ah! Ahora empieza lo interesante.

—Pero es muy tímido.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque cuando va con sus amigos me mira. Ellos se ríen, le dan codazos, le dicen cosas… Pero cuando está solo, ni siquiera me saluda.

—Un caso clínico.

—¿Cómo?

—Timidez aguda con complicaciones sentimentales.

Se tapó la boca para contener la risa.

—¡Pobrecillo!

—No te rías. Es una enfermedad muy frecuente entre los dieciocho y los veinticinco años. Algunos no se curan hasta los cuarenta.

—¿Y tiene tratamiento?

—Sí. Una conversación.

El autobús avanzaba hacia Tres Cantos.

Claudia seguía sonriendo.

—¿Y cuál es el segundo problema?

—Los hombres mayores.

—¿Qué pasa con ellos?

—Que a veces tampoco sabemos dónde sentarnos.

—¿Por qué?

—Porque si un señor de mi edad se sienta al lado de una joven tan guapa como tú, alguno puede pensar: «Mira el abuelo, qué listo».

—¡Pero qué tontería!

—Lo es. Pero vivimos en un mundo donde a veces se interpreta una conversación antes de escucharla.

—Pues yo hablo con todo el mundo.

—Y haces muy bien.

—Mi abuelo dice que los jóvenes ya no sabemos conversar.

—Tu abuelo tiene parte de razón. Aunque los mayores tampoco somos perfectos.

—¿Usted cree?

—Claro. Algunos llevamos toda la vida hablando y todavía no hemos aprendido a escuchar.

Claudia se quedó pensativa.

—Eso es verdad.

—Y además, ¿quién ha dicho que dos personas de distintas generaciones no puedan tener una conversación interesante?

—Nadie.

—Pues ya está. Tú puedes contarme cómo ves el mundo a tus veinte años, y yo puedo contarte cómo lo veía cuando tenía los tuyos.

—¿Y era muy diferente?

—Muchísimo. No teníamos teléfonos móviles, ni redes sociales, ni internet.

—¡Qué horror!

—Al contrario. Teníamos que mirarnos a los ojos.

—Eso todavía se puede hacer.

—Sí, pero hay que acordarse de levantar la cabeza del teléfono.

Claudia miró el suyo, que tenía sobre las rodillas.

Lo guardó en el bolso.

—¿Así mejor?

—Muchísimo.

—Por cierto —preguntó—, ¿cómo sabe que me llamo Claudia?

—Porque una mañana una amiga te llamó por tu nombre.

—¡Qué memoria!

—No te fíes. Recuerdo perfectamente tu nombre, pero algunas veces entro en la cocina y no sé qué he ido a buscar.

—A mi padre también le pasa.

—Eso es porque los hombres tenemos demasiados archivos abiertos.

—¿Y usted cómo se llama?

—Diego. Aunque algunos me llaman Dini.

—¿Dini?

—Sí. Es una larga historia.

—Tenemos tiempo.

—No tanto. Si empiezo a contártela, llegamos a la universidad y todavía estaré por el capítulo primero.

—¿Es escritor?

—Entre otras cosas. Escribo historias de lo que veo, de lo que imagino y de lo que escucho.

—¿Y escribe sobre la gente del autobús?

—A veces.

—¡Entonces podría escribir sobre mí!

—Ya veremos. Aunque necesitaría tu permiso para convertirte en personaje.

—Se lo doy, pero tiene que ponerme guapa.

—Eso ya viene de fábrica.

Volvió a reír.

—¿Y qué título pondría?

Me quedé unos segundos pensativo.

—La dama del 722.

Claudia abrió mucho los ojos.

—¡Me encanta!

—Bueno —continué—, volvamos a tu muchacho misterioso.

—¿Qué muchacho?

—El que te mira cuando está con sus amigos y se convierte en estatua cuando está solo.

Claudia miró discretamente hacia el fondo del autobús.

—Está allí.

Seguí su mirada.

Un joven de unos veintidós años estaba sentado junto a la ventana. Llevaba auriculares y miraba una pantalla.

—¿Ese?

—Sí.

—Le conozco de vista.

—¿De verdad?

—Claro. Iván.

—¿Sabe cómo se llama?

—En este autobús terminamos conociéndonos todos, aunque no lo parezca.

—¿Y qué sabe de él?

—Que suele bajar en la Autónoma, que casi siempre lleva auriculares y que le interesan mucho los vídeos de ciencia.

—¿Ciencia?

—Sí. Física, astronomía, experimentos…

—¡A mí me encanta la astronomía!

—Pues ya tenemos algo.

—¿El qué?

—Un principio de conversación.

—¿Y qué le digo?

—Pregúntale por el experimento de la doble rendija.

Claudia frunció el ceño.

—¿La doble qué?

—Rendija. Un experimento de física que muestra algo sorprendente sobre el comportamiento de la luz y la materia.

—¿Y eso es romántico?

—Depende de cómo lo cuentes.

—Explíqueme.

—Imagínate que lanzas partículas hacia una pantalla con dos pequeñas aberturas. En determinadas condiciones, aparece un patrón de interferencia, como el de las ondas.

—¿Y qué tiene eso que ver con Iván?

—Que puedes decirle: «Oye, ¿tú sabes por qué los electrones se comportan de una forma tan extraña?».

—¿Y si me responde?

—Entonces tendrás que escucharle.

—¿Y si no entiendo nada?

—Le preguntas otra vez. A los aficionados a la ciencia nos encanta que alguien quiera comprender.

—¿Y usted entiende ese experimento?

—Lo suficiente para saber que la naturaleza es mucho más extraña de lo que parece.

Claudia se quedó pensativa.

—¿Y si le pregunto directamente si quiere tomar un café?

La miré.

—Mucho mejor.

—¿Entonces para qué me ha contado lo de la doble rendija?

—Porque llevaba cinco minutos sin hablar de física y empezaba a preocuparme.

Nos echamos a reír.

Durante un rato hablamos de la universidad.

Claudia estudiaba, tenía exámenes, proyectos y muchas dudas sobre lo que haría cuando terminara.

—A veces pienso que estoy perdiendo el tiempo —confesó.

—¿Por qué?

—Porque no sé si he elegido bien.

—¿Y quién lo sabe a tu edad?

—Mis amigas parecen tenerlo todo claro.

—Parecen. Esa es la palabra.

—¿Usted sabía lo que quería hacer cuando tenía veinte años?

—Creía saberlo.

—¿Y acertó?

—En algunas cosas. En otras me equivoqué completamente.

—¿Se arrepiente?

Miré por la ventana.

—De algunas decisiones, sí. Pero de haber vivido, nunca.

—Eso suena bonito.

—No es una frase bonita. Es que, cuando cumples años, descubres que la vida no es una carretera recta. Hay desvíos, accidentes, paradas inesperadas y caminos que nunca habías pensado recorrer.

—Como el 722.

—Exactamente. Aunque espero que Juan no tenga ningún accidente.

Claudia sonrió.

—¿Y qué consejo me daría?

—Que no vivas intentando cumplir todas las expectativas de los demás.

—¿Y las de mis padres?

—Escúchalos. Seguramente quieren lo mejor para ti. Pero recuerda que quien tendrá que vivir tu vida eres tú.

—Eso me gusta.

—Y otra cosa.

—Dígame.

—No tengas miedo a equivocarte. Ten más miedo a dejar pasar oportunidades por no atreverte.

Claudia miró de nuevo hacia el fondo del autobús.

—¿Como hablar con Iván?

—Por ejemplo.

Nos acercábamos a la Universidad Autónoma.

Claudia comenzó a recoger sus cosas.

—Me ha gustado hablar con usted, Diego.

—Y a mí contigo, Claudia.

—¿Sabe qué?

—Dime.

—Pensaba que las personas mayores solamente hablaban de enfermedades, pensiones y de lo mal que está la juventud.

—Algunas también hablamos de eso. Pero no todo el tiempo.

—Usted habla de física, de libros, de amor…

—Y de autobuses.

—¡Y de autobuses!

Se levantó.

—Bueno, hasta mañana.

—Hasta mañana, dama del 722.

Dio dos pasos por el pasillo, pero se volvió.

—Diego.

—¿Sí?

—¿Usted cree que debería hablar con Iván?

—Creo que, si quieres conocerle, deberías darle la oportunidad de conocerte.

—¿Y si me dice que no?

—Pues seguirás siendo exactamente la misma Claudia que ha subido esta mañana al autobús.

Se quedó unos segundos mirándome.

Después sonrió.

—Gracias.

Caminó hacia la puerta.

Iván también se había levantado y esperaba unos pasos más adelante.

Los observé discretamente.

Claudia se acercó a él.

Le dijo algo.

El muchacho se quitó los auriculares.

Pareció sorprendido.

Ella volvió a hablar.

Él sonrió.

Y cuando se abrieron las puertas del 722, los dos bajaron juntos.

No escuché lo que dijeron.

Ni falta que hacía.

Me quedé mirando por la ventanilla.

Los vi caminar hacia la universidad.

Al principio había una pequeña distancia entre ellos.

Después se acercaron un poco.

Iván gesticulaba mientras hablaba.

Claudia reía.

Y yo imaginé que quizás estuviera explicándole el experimento de la doble rendija.

O quizás estuvieran hablando de cualquier otra cosa.

Quién sabe.

A veces creemos que las grandes historias comienzan con acontecimientos extraordinarios.

Un viaje a otro país.

Una fiesta.

Una casualidad imposible.

Pero también pueden comenzar en un autobús, una mañana cualquiera, cuando alguien se atreve a pronunciar una palabra tan sencilla como «hola».

Juan me miró por el espejo cuando el vehículo se detuvo en un semáforo.

—¿Qué tal el viaje de hoy?

—Interesante, Juan. Muy interesante.

—¿Ha pasado algo?

—Puede que hayamos asistido al comienzo de una historia de amor.

—¿Aquí, en el autobús?

—¿Y por qué no? Aquí sube gente de todas las edades. Algunos vienen de trabajar, otros van a estudiar y otros quizás estén buscando algo sin saberlo.

Juan sonrió.

—Pues habrá que poner un cartel: «722, servicio de transporte y agencia matrimonial».

—No des ideas, Juan. Que cualquier día nos cobran suplemento.

Los dos nos reímos.

Encuentro calido en el autobus 722El autobús reanudó la marcha.

Yo seguí mirando por la ventana.

Pensé en Claudia, en Iván y en aquella conversación que ninguno de los tres había previsto al comenzar el día.

Y pensé también en algo que los años me habían enseñado.

La juventud tiene una enorme ventaja: casi todo está por descubrir.

Pero la edad tiene otra: podemos reconocer la belleza de esos descubrimientos sin necesidad de ser sus protagonistas.

Sonreí.

Aquella mañana, la dama del 722 había encontrado el valor para acercarse a alguien.

Y yo había encontrado una nueva historia que contar.

Porque, al final, hay viajes que no se recuerdan por el lugar al que nos llevan.

Se recuerdan por las personas que se sientan a nuestro lado.


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