Capítulo X – El atasco

Historias del 722

Un accidente en la M-607 detiene el autobús 722 camino de Tres Cantos. Mientras los pasajeros se impacientan, Luis mira desesperadamente el reloj: tiene una cita que podría decidir el futuro de su relación. Una conversación inesperada entre generaciones le hará reflexionar sobre el amor, el destino y esas paradas de la vida que nunca elegimos.

Martes.

Otro martes cualquiera.

El 722 circulaba hacia Tres Cantos con su habitual colección de pasajeros: estudiantes, trabajadores, algún jubilado y varias personas que parecían haber decidido continuar durmiendo a pesar de encontrarse dentro de un autobús.

Juan conducía.

Yo ocupaba mi asiento habitual, junto a la ventanilla.

El cielo estaba despejado y el tráfico, aunque abundante, avanzaba con normalidad.

Hasta que dejó de hacerlo.

Primero disminuimos la velocidad.

Después avanzamos unos metros.

Volvimos a detenernos.

Y finalmente, el 722 quedó completamente inmóvil.

Delante de nosotros, una interminable fila de vehículos ocupaba la carretera.

—Vaya —murmuró alguien—. Ya estamos.

Un hombre que llevaba un maletín consultó el reloj.

Una mujer comenzó a escribir apresuradamente en su teléfono.

Dos estudiantes dejaron de hablar.

El silencio duró apenas unos segundos.

Después comenzó esa curiosa ceremonia que se repite siempre que hay un atasco.

Todos miramos hacia delante.

Como si, por mirar con suficiente intensidad, pudiéramos descubrir lo que sucede dos kilómetros más allá.

—¿Qué habrá pasado? —preguntó una señora.

—Algún accidente —respondió otro pasajero.

—Pues espero que no sea grave.

Y aquella frase, pronunciada casi sin pensar, nos recordó algo que habíamos olvidado.

Detrás de un atasco puede haber personas que estén pasando por un momento terrible.

Pasaron quince minutos.

El tráfico seguía detenido.

Algunos conductores salieron de sus coches. Otros caminaban por el arcén, intentando averiguar qué ocurría.

Juan habló por la megafonía.

—Señores pasajeros, nos han comunicado que ha habido un accidente más adelante. La Guardia Civil está interviniendo y todavía no sabemos cuánto tardaremos en continuar.

Se escucharon varios suspiros.

—Estamos cerca de la pasarela de Tres Cantos —continuó—. Si las condiciones lo permiten y podemos efectuar una bajada segura, les avisaré.

Un muchacho levantó la mano.

—¿Cuánto tiempo cree que estaremos aquí?

—No puedo asegurarlo. Quizás veinte minutos, quizás más.

—¡Pues vaya!

Juan respondió con tranquilidad.

—Lo importante es que los servicios de emergencia puedan trabajar.

Tenía razón.

Pero cuando uno tiene prisa, la razón suele ser lo primero que abandona el vehículo.

A mi lado viajaba un muchacho de unos veinticinco años.

Llevaba varios minutos moviendo una pierna sin parar.

Miraba el teléfono.

Después el reloj.

Después la carretera.

Y vuelta a empezar.

—Muchacho —le dije—, como sigas moviendo la pierna así, vas a conseguir que avance el autobús por vibración.

Me miró sorprendido.

Después sonrió.

—Perdone. Es que estoy nervioso.

—Ya lo veo. Pero tranquilo, que Juan todavía no ha instalado pedales debajo de los asientos.

Soltó una pequeña carcajada.

—Tengo que llegar a Tres Cantos.

—Como casi todos los que estamos aquí.

—Ya, pero lo mío es importante.

—Entonces cuéntame. Tenemos tiempo.

Dudó unos segundos.

—He quedado con una chica.

—¡Ah! Ahora entiendo la pierna.

—¿Cómo?

—Que no es un problema de tráfico. Es un problema sentimental.

Se echó a reír.

—Algo así.

—¿Cómo te llamas?

—Luis.

—Yo soy Diego.

Nos estrechamos la mano.

—Bueno, Luis. Cuéntame qué ocurre.

El muchacho respiró profundamente.

—Llevo unos meses saliendo con una chica. Se llama Laura.

—Bonito nombre.

—Es maravillosa.

—Eso suelen decir los enamorados.

—No, de verdad. Es inteligente, divertida, guapísima…

—¿Y tiene algún defecto?

Luis se quedó pensativo.

—Es muy cabezota.

—¡Estupendo! Entonces es humana.

Volvió a reír.

—El problema es que últimamente estamos un poco distanciados.

—¿Por qué?

—Ella dice que no sabe lo que quiere. Que necesita tiempo.

—¿Y tú?

—Yo sí lo sé. Quiero estar con ella.

—Eso está claro.

—Hoy hemos quedado para comer. Quería hablar tranquilamente y pedirle que formalizáramos nuestra relación.

—¿Y ella sabe que quieres hablar de eso?

—Sí. Pero me dijo algo que me dejó preocupado.

—¿Qué?

Luis miró el teléfono.

—Que me esperaría hasta las dos y media. Si no llegaba, se marcharía.

—¿Y qué hora es?

—Las dos y diez.

Miré hacia la carretera.

Ni un coche se movía.

—Pues tenemos un pequeño problema.

—¡Por eso estoy así!

Unos minutos después, Juan consiguió detener el vehículo en un lugar donde se podía permitir el descenso de pasajeros con seguridad.

Varios decidieron continuar a pie.

Luis se levantó.

—Creo que voy a bajar.

Miró por la ventanilla.

Después consultó el mapa de su teléfono.

Volvió a sentarse.

—No. Está demasiado lejos. No llegaría.

—Pues ya has tomado una decisión.

—¿Cuál?

—Quedarte.

—Pero no sé si es la correcta.

—Eso nos ocurre con muchas decisiones. Solo sabemos si acertamos cuando ya las hemos tomado.

Luis guardó silencio.

Después volvió a mirar el teléfono.

—Le he escrito tres veces.

—¿Y te ha contestado?

—No.

—¿Le has explicado lo del accidente?

—Sí. Le he mandado hasta una foto del atasco.

—Entonces ya sabe lo que ocurre.

—Pero no responde.

—Quizás esté trabajando. O quizás no haya visto el mensaje.

—O quizás ya no quiera verme.

Le miré.

—Luis, una cosa es lo que sabes y otra lo que imaginas.

—¿Qué quiere decir?

—Sabes que hay un accidente. Sabes que vas tarde. Sabes que le has escrito. Lo demás son posibilidades que tu cabeza está convirtiendo en certezas.

El muchacho permaneció callado.

—Nunca lo había pensado así.

—La imaginación es maravillosa para escribir novelas. Pero cuando estamos nerviosos puede inventarnos unos dramas extraordinarios.

—¿Y qué hago?

—De momento, nada. Esperar a que podamos continuar.

—Eso es lo que peor llevo.

—Pues hoy tienes una oportunidad estupenda para practicar.

El atasco seguía.

Una señora que ocupaba el asiento de delante se volvió hacia nosotros.

—Perdonen que me meta, pero he escuchado un poquito.

—No se preocupe —respondí—. En este autobús las conversaciones tienen público gratuito.

La mujer sonrió.

—Yo llevo cuarenta años casada.

Luis la miró.

—¿Y qué me aconseja?

—Que hables con ella. Pero que también la escuches.

—Eso intento.

—Intentarlo no siempre es hacerlo.

Me gustó aquella respuesta.

—¿Y usted cómo conoció a su marido? —pregunté.

—En una verbena.

—¡Ah! Como debe ser.

—Él era muy tímido. Estuvo toda la noche mirándome desde el otro lado de la plaza.

—Tenemos otro caso —comenté—. La timidez está haciendo estragos en esta comarca.

La señora soltó una carcajada.

—Al final fui yo quien le pidió bailar.

—¿Y aceptó?

—¡Pues claro! Si no, no llevaríamos cuarenta años casados.

Luis sonrió.

—¿Y nunca han tenido problemas?

La mujer se puso seria.

—Muchísimos. Algunos bastante importantes.

—¿Y cómo los solucionaron?

—No todos se solucionan enseguida. Pero aprendimos que una discusión no significa necesariamente el final de una relación.

—Laura y yo discutimos bastante.

—Entonces tendrás que averiguar si discutís porque pensáis diferente o porque no sabéis escucharos.

Luis bajó la mirada.

La mujer añadió:

—Y otra cosa, muchacho. Que tú quieras mucho a alguien no significa que esa persona tenga que quererte de la misma manera.

Aquello dejó al joven pensativo.

—Ya…

—El amor no se puede exigir —continuó ella—. Se puede ofrecer, compartir, cuidar… pero no imponer.

Asentí.

—Ahí está la cuestión, Luis.

—¿Cuál?

—Que hoy vas a hablar con Laura. Pero no puedes decidir por los dos.

Eran las dos y veinticinco.

El autobús seguía inmóvil.

Luis parecía haberse resignado.

—Ya está. No llego.

—Todavía no lo sabemos.

—Me quedan cinco minutos.

—Pues aprovecha esos cinco minutos para pensar qué quieres decirle.

—Que la quiero.

—Eso ya lo sabe, ¿no?

—Creo que sí.

—Entonces quizás debas preguntarle qué necesita ella.

Luis me miró.

—¿Y si me dice que no quiere seguir?

—Tendrás que respetarlo.

—Me dolería muchísimo.

—Seguro.

—¿Y usted cree en el destino?

Sonreí.

—Esa es una pregunta complicada para hacerla en medio de un atasco.

—Pero ¿cree?

Miré por la ventanilla.

Los coches seguían detenidos.

—Creo que hay cosas que no podemos controlar. Nacer en un lugar, conocer a determinadas personas, encontrarnos con un accidente en la carretera…

—Como hoy.

—Exactamente. Pero también creo que nuestras decisiones importan.

—Entonces, ¿el destino no está escrito?

—No sé si está escrito. Y si lo está, nadie me ha dejado leer el libro.

Luis se rio.

—¿Y si hoy no llego?

—Entonces tendrás que aceptar lo que ocurra y decidir qué haces después.

—¿Y si ella se ha marchado?

—Eso no demuestra necesariamente que no te quiera. Puede tener sus razones. Tendréis que hablarlas.

—¿Y si me espera?

—Tampoco significa que vuestra relación vaya a durar para siempre.

Me miró sorprendido.

—¡Pues vaya ánimos!

—Te estoy diciendo algo mejor.

—¿Qué?

—Que una relación no depende de un semáforo, de un reloj o de un autobús. Depende de lo que hagáis los dos.

De pronto, algo cambió.

El coche que estaba delante avanzó unos metros.

Después otro.

Y otro.

Juan puso el autobús en marcha.

Un pequeño murmullo recorrió el pasillo.

—¡Nos movemos! —exclamó alguien.

Luis miró el reloj.

Las dos y treinta y dos.

—Ya es tarde.

—Todavía tienes que llegar.

—¿Y si se ha ido?

—Pues ya veremos.

El autobús avanzaba lentamente.

Al pasar por la zona del accidente vimos vehículos de emergencia, agentes de la Guardia Civil y varios coches apartados.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Miré a Luis.

—¿Ves? Nosotros preocupados por llegar a una comida, y ahí fuera hay personas que seguramente darían cualquier cosa por volver a casa sanas y salvas.

El muchacho observó la escena.

—Tiene razón.

—No te lo digo para quitar importancia a lo tuyo. Solo para recordar que cada persona lleva su propia preocupación.

Luis asintió.

—Espero que estén bien.

—Yo también.

Finalmente llegamos a Tres Cantos.

Luis se levantó apresuradamente.

—¡Bueno, Diego, me voy!

—¡Suerte, muchacho!

—¡Gracias por escucharme!

—Y recuerda: habla menos de lo que temes y más de lo que sientes.

—¡Lo intentaré!

Bajó del autobús casi corriendo.

Le vi alejarse por la acera.

Durante unos segundos me pregunté qué encontraría al llegar.

¿Una mesa vacía?

¿Una chica enfadada?

¿Una conversación que pondría fin a una historia?

¿O el comienzo de algo nuevo?

No lo sabía.

Y eso era precisamente lo interesante.

Juan me miró por el espejo cuando llegamos a la siguiente parada.

—Menuda mañana.

—Ya ves, Juan. Un atasco de tráfico y otro sentimental.

—¿El chico que ha salido corriendo?

—Ese mismo.

—¿Llegará a tiempo?

—A tiempo, no. Pero quizás llegue cuando todavía puedan hablar.

Juan sonrió.

—Eso nunca se sabe.

—No, Juan. Nunca se sabe.

Me quedé mirando por la ventanilla.

Pensé en cuántas veces nos desesperamos porque las cosas no suceden cuando queremos.

Un autobús que se retrasa.

Una llamada que no llega.

Una persona que no responde.

Una oportunidad que parece escaparse.

Y pensé también en algo que Luis me había preguntado.

¿Existe el destino?

No tengo una respuesta definitiva.

Pero sí sé una cosa.

Hay paradas que no elegimos.

Retrasos que no entendemos.

Personas que aparecen cuando menos lo esperamos.

Conversación Llego tardeY momentos en los que tenemos que decidir si seguimos esperando o nos atrevemos a caminar.

Porque quizás la vida no consista en llegar siempre a tiempo.

Quizás consista en aprender qué merece realmente la pena esperar.

Y mientras el 722 continuaba su recorrido, imaginé a Luis entrando en aquel restaurante.

Buscando con la mirada.

Esperando encontrar a Laura.

No sé si estaría allí.

Pero me gustaría pensar que, al menos aquella tarde, los dos tuvieron la oportunidad de hablar.

Porque hay historias que no terminan cuando llegamos tarde.

Terminan cuando dejamos de intentar comprendernos.

Y otras, quién sabe…

Quizás comiencen precisamente después de un atasco.


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