DINI y NIDI vuelven a encontrarse frente a La Caja. Esta vez, una pregunta aparentemente sencilla abre un camino mucho más inquietante: ¿y si todo lo que vemos, sentimos y creemos decidir formara parte de una simulación? Entre Matrix, la mente y la búsqueda de una salida, DINI descubrirá que quizá el verdadero problema nunca fue cómo abrir la caja, sino quién decidió que estaba dentro.
—Una cosa, DINI.
—Cuando empiezas así, me preocupo.
—¿Nunca te has planteado que todo sea una simulación?
DINI tardó unos segundos en contestar.
—Sí. Claro que me lo he planteado.
—No me refiero a haberlo pensado alguna vez. Me refiero a planteártelo de verdad. Que todo lo que ves, lo que oyes, lo que tocas, incluso lo que crees decidir, ya estuviera programado.
—¿También esta conversación?
—También.
—Entonces tenemos un problema, NIDI.
—¿Cuál?
—Que yo no estaría hablando contigo. Si todo estuviera programado, tú no me dejarías siquiera pensar que existe una caja. Mucho menos que puede haber algo fuera.
NIDI sonrió.
—Eso lo dices tú.
—¿Cómo que lo digo yo?
—¿Y si precisamente estoy programado para dejarte pensar que existe un mundo fuera de la caja?
DINI se quedó callado.
—Eso es hacer trampas.
—No. Eso es cambiar las reglas.
—Pues vaya mierda de juego.
NIDI se rio.
—Para que me entiendas, piensa en Matrix.
—Ya estamos.
—Neo vive dentro de una realidad que considera verdadera hasta que comienza a sospechar que algo no encaja.
—Sí, pero al final descubre que existe otro mundo fuera de la simulación.
—Exactamente.
—Entonces me estás dando la razón. Si esto fuera algo parecido, tendría que existir algo fuera de la caja.
—Puede.
—¿Puede?
—Puede.
—Cada vez me aclaras menos las cosas.
—Porque sigues esperando respuestas, DINI. Y yo quiero que cambies las preguntas.
DINI miró alrededor.
Todo parecía normal.
La habitación. La mesa. La ventana. Sus manos.
—Vale. Sigamos con Matrix. Si yo fuera Neo, ¿qué tendría que hacer?
—Pensar como él.
—¿Doblar una cuchara?
—No.
—Ya me parecía demasiado fácil.
—Comprender que quizá no tienes que doblarla.
DINI lo miró.
—Porque la cuchara no existe.
—Ahora empiezas a entenderlo.
—No. Ahora empiezas a tocarme las narices.
NIDI volvió a sonreír.
—Me vale.
DINI se levantó y caminó unos pasos.
—Supongamos que tienes razón. Supongamos que la caja tampoco existe.
—Bien.
—Entonces tampoco existe una puerta.
—Bien.
—Ni una cerradura.
—Bien.
—Ni hay nada que abrir.
—Eso ya está mejor.
DINI volvió a sentarse.
—Pero si existe otro mundo fuera de la caja…
—Puede existir.
—…tendremos que encontrar la forma de llegar hasta él.
—Ahí vuelves a equivocarte.
—¿Otra vez?
—Sigues buscando un lugar.
—Porque quiero salir.
—¿Salir adónde?
DINI abrió la boca y volvió a cerrarla.
No tenía respuesta.
NIDI continuó:
—Has dibujado una caja. Después has imaginado una puerta. Luego una línea que conduce hasta ella. Y finalmente te has puesto a caminar por esa línea.
—¿Y?
—Que todo lo has creado tú.
—Entonces borro la línea.
—Seguirás dentro.
—Rompo la caja.
—Seguirás dentro.
—Busco otra salida.
—Seguirás dentro.
—Pues dime qué coño hago.
—Dejar de buscar.
DINI lo miró como si acabara de escuchar la mayor estupidez de toda la conversación.
—¿Dejar de buscar? Llevo toda mi vida haciendo exactamente lo contrario.
—Por eso sigues buscando.
Silencio.
Aquello le molestó.
Quizá porque no lo entendía.
O quizá porque empezaba a entenderlo.
—NIDI… yo busco lo que nunca he encontrado.
—No.
—¿Cómo que no?
—Buscas lo que crees que te falta.
DINI frunció el ceño.
—No es lo mismo.
—Piénsalo.
Y pensó.
Durante mucho tiempo había perseguido respuestas, personas, lugares, ideas. Algunas llegaron. Otras desaparecieron. Y muchas de las cosas importantes de su vida habían aparecido precisamente cuando no las estaba buscando.
—Qué curioso…
—¿Qué?
—Tengo cosas que nunca busqué.
—Sigue.
—Y he buscado cosas que nunca tuve.
NIDI permaneció en silencio.
Esta vez no iba a ayudarle.
DINI continuó:
—Quizá llevo toda la vida buscando porque pienso que lo que busco está en otro sitio.
NIDI sonrió.
—Ahora mira la caja.
DINI miró.
Allí estaba.
O creyó que estaba.
—¿La ves?
—Sí.
—Cierra los ojos.
Los cerró.
—¿Y ahora?
—No la veo.
—¿Ha desaparecido?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
DINI abrió los ojos.
La caja seguía allí.
—Porque la estoy viendo.
—Eso tampoco demuestra que exista.
DINI volvió a mirarla.
Por primera vez no intentó abrirla.
No buscó la cerradura.
No buscó una puerta.
Ni siquiera buscó la línea que debía conducirle hasta ella.
Simplemente la observó.
Y entonces comprendió algo.
Quizá la pregunta nunca había sido cómo salir de la caja.
Quizá la verdadera pregunta era otra:
¿Quién había decidido que estaba dentro?
DINI abrió los ojos.
La televisión seguía encendida.
El sofá seguía allí.
La casa estaba en silencio.
Se incorporó lentamente y miró alrededor.
—Otra vez has jugado conmigo, NIDI.
Nadie respondió.
DINI sonrió.
—Aunque pensándolo bien…
Miró hacia un lugar vacío de la habitación.
—Esta vez me has dado una pista.
Y durante unos segundos tuvo una sensación extraña.
No supo explicar qué era.
Solo supo una cosa.
Por primera vez desde que comenzó a buscar la salida…
la caja le parecía un poco más pequeña.
Entonces escuchó a NIDI.
No sabía si seguía soñando o si aquella voz estaba ya dentro de él.
—No has entendido nada, DINI.
DINI sonrió.
—Pues tendré que volver a leerlo.
—Tampoco lo entenderás.
—¿Aunque lo lea otra vez?
—Aunque lo leas cien veces.
—Entonces, ¿cómo coño quieres que lo entienda?
Hubo un silencio.
Y después llegó la respuesta:
—Deja de leer línea a línea.
—¿Y qué leo?
—Lo que hay entre ellas.
DINI permaneció inmóvil.
—NIDI…
—¿Sí?
—Ahí no hay nada.
—Exactamente.
La Caja 5 queda cerrada.
O abierta.
O quizá nunca hubo caja.