EL GUANTE NEGRO

El rincón

Hay historias que comienzan con un aplauso y permanecen escondidas durante toda una vida. En un escenario, entre música, baile y guantes negros que vuelan hacia el público, uno de ellos siempre permanece puesto. Más de cuarenta años después, un encuentro inesperado en un autobús camino del mar devolverá a Mónica una pregunta que nunca había olvidado. Una historia de cicatrices, memoria y supervivencia.

Os voy a contar una historia.

Puede que sea verdad.

O quizá sea demasiado real para ser verdad.

El caso es que me la contó una persona real. Creo.

Porque, llegados a estas alturas, tampoco estoy completamente seguro de que yo sea real.

Y tú, que estás leyendo esto, haz una cosa antes de continuar.

Mira a tu alrededor.

Mira bien.

¿Estás seguro de que todo lo que ves existe?

¿Estás seguro de que existes tú?

Porque quizá esta historia tampoco exista y seas tú quien se la está inventando mientras la lee.

Pero da igual.

Te la voy a contar.

Lector de El Triste, esta es la historia de un guante negro.

Aquella noche terminé mi actuación especialmente contenta.

Me había salido bien la vuelta completa. Perfecta, diría yo. Había conseguido hacerla justo al ritmo de la música y el público pareció darse cuenta, porque los aplausos duraron unos segundos más que otras noches.

En este oficio aprendes a medir los aplausos. Sabes cuándo son de compromiso y cuándo has conseguido que alguien deje su copa sobre la mesa para mirarte de verdad.

Volví al camerino, me desmaquillé y subí otra vez al salón para tomar algo y ver las actuaciones que quedaban.

Al final salieron ellas.

Nosotras las llamábamos las chicas guapas.

Tendrían entre dieciocho y veintitrés años. Jóvenes, preciosas, cuerpos perfectos y una sincronización extraordinaria. Cuando bailaban parecía que no hubiera doce mujeres sobre el escenario, sino una sola multiplicada doce veces.

Me quedé con algunas compañeras junto a la barra. Las mesas estaban reservadas para los clientes y, además, desde allí se veía perfectamente el escenario.

La última pieza era mi favorita.

La música bajaba de intensidad y ellas comenzaban a quitarse lentamente los largos guantes negros que formaban parte del vestuario.

Lo hacían como Gilda.

Muy despacio.

Centímetro a centímetro.

Hasta que, con un movimiento perfectamente ensayado, los lanzaban al aire.

Los guantes volaban sobre el escenario. Algunos caían junto a las mesas. Otros terminaban entre las manos de algún cliente que los levantaba entre risas como si hubiera ganado un trofeo.

Todos los guantes volaban.

Todos menos uno.

Me había fijado desde hacía semanas.

Irene nunca se quitaba el suyo.

No entendía por qué.

Terminadas las actuaciones, la orquesta dejó paso a una música más tranquila. Algunos clientes salieron a bailar. Varias compañeras se marcharon a descansar y otras se quedaron tomando algo con clientes que, después de meses actuando en el mismo salón, habían terminado siendo casi amigos.

Irene se sentó a mi lado en la barra.

Pidió una bebida.

Seguía llevando el guante negro.

Aquella noche decidí preguntárselo.

—Irene…

—¿Qué?

—¿Por qué tú nunca te quitas el guante?

Me miró.

Durante unos segundos pensé que me había pasado de confianza.

Irene bajó la vista hacia su mano.

Después volvió a mirarme.

—Ven conmigo.

—¿Dónde?

—Al baño.

La seguí.

Y reconozco que iba nerviosa.

Pensé que allí me diría que no era asunto mío, que jamás volviera a preguntárselo o, simplemente, que se había cansado de mi curiosidad.

Cuando entramos, una de las chicas estaba frente al espejo dándose brillo en los labios. Terminó, nos sonrió y salió.

Nos quedamos solas.

Irene cerró la puerta.

—¿Quieres saber por qué no me quito los guantes?

—Solo si quieres contármelo. Perdona, Irene. Quizá me he pasado.

—No. Llevamos semanas juntas. Confío en ti. Pero antes de enseñártelo tengo que contarte una historia.

Se apoyó contra el lavabo.

Seguía llevando puestos los guantes.

—Yo tenía unos quince años. Ya trabajaba en espectáculos. Era guapa.

—Sigues siendo guapa.

Sonrió.

—Sí, pero entonces era una belleza. Y tenía un cuerpo que me permitía vivir de lo único que sabía hacer. Eran otros tiempos. Pagaban poco y trabajábamos muchas horas. Mi vida era actuar, viajar y dormir donde pudiera.

Durante una temporada encontré una habitación a unos cuarenta kilómetros de Barcelona.

Era una casa apartada.

Vivía allí un matrimonio mayor y me alquilaron una habitación pequeña en la planta de arriba. No tenía gran cosa, pero era acogedora.

Hacía muchísimo frío.

Por eso pasaba bastante tiempo en el salón, junto a una chimenea de leña. De madera nunca faltaba. El dueño la recogía del bosque cercano.

Una noche ellos se marcharon a visitar a sus nietos.

Me quedé sola.

Antes de acostarme eché algunos troncos más a la chimenea y subí a mi habitación.

Me dormí.

No sé cuánto tiempo pasó.

Solo recuerdo el calor.

Mucho calor.

Abrí los ojos.

Había humo negro entrando por debajo de la puerta.

Me levanté de un salto.

Abrí.

Y la casa estaba ardiendo.

Intenté bajar las escaleras, pero eran de madera y parte de ellas ya había desaparecido.

Caí.

Después recuerdo pocas cosas.

Fuego.

Humo.

Dolor.

Y correr.

Conseguí salir de la casa.

Salí gritando.

—¡Socorro! ¡Socorro!

Pero allí no había nadie.

La ropa ardía.

Mi cuerpo ardía.

Corrí hacia el bosque.

No sé cuánto.

Hasta que caí al suelo.

Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos en un hospital.

Me llevé las manos a la boca.

—Dios mío, Irene… Con quince años…

—Sí.

—¿Y después?

Irene sonrió.

Una sonrisa extrañamente tranquila.

—Después no hay mucho que contar, Mónica. Hospitales. Operaciones. Dolor. Aprender otra vez algunas cosas. Y seguir viviendo. Eso es todo.

—¿Todo?

—Todo.

Miró sus manos.

—Volví a trabajar en lo único que sabía hacer. Y aquí estoy.

Entonces levantó lentamente uno de sus brazos.

—Ahora ya sabes la historia. Falta que entiendas el guante.

Sujetó con dos dedos el borde de la tela negra.

—¿Estás segura de que quieres verlo?

No supe qué contestar.

Irene comenzó a quitárselo.

Muy despacio.

Exactamente igual que hacía cada noche sobre el escenario.

Pero aquella vez no había música.

No había aplausos.

No había hombres esperando que el guante cayera sobre sus mesas.

Solo estábamos ella y yo.

La tela fue dejando al descubierto la muñeca.

Después el antebrazo.

Y entonces comprendí.

Vi aquella noche.

Vi el fuego.

Vi a aquella niña de quince años corriendo hacia un bosque mientras su cuerpo ardía.

Las cicatrices recorrían todo el brazo hasta llegar a la mano. La piel estaba deformada y algunas zonas parecían haberse quedado pegadas al hueso.

No pude evitarlo.

Empecé a llorar.

—Irene… Dios mío…

La abracé.

Ella no lloró.

Fue ella quien terminó consolándome a mí.

—No llores, Mónica.

—Pero…

—Es la vida.

Se quedó mirando su brazo descubierto.

—Hay que seguir caminando.

Después añadió algo que jamás olvidé:

—Uno nunca sabe lo que le espera en el camino. Parece recto cuando empiezas a recorrerlo, pero tiene curvas… y también cunetas.

Volvió a ponerse lentamente el guante.

—A mí me tocó caer en una de ellas.

Abrió la puerta del baño.

La música seguía sonando en el salón.

La gente seguía bailando.

Irene salió delante de mí.

Y aquella noche comprendí por qué, cuando llegaba el final de la actuación y doce guantes negros volaban sobre las cabezas del público…

uno de ellos siempre se quedaba puesto.

Habían pasado más de cuarenta años.

También habían pasado los escenarios, los camerinos, los hoteles, las noches interminables, los aplausos y aquellos viajes en los que nunca sabíamos muy bien dónde dormiríamos al día siguiente.

La vida había hecho lo que suele hacer.

Pasar.

Yo también había cambiado.

Hacía años que había comprado una pequeña casa cerca de la playa, en Málaga. No era gran cosa, pero desde la terraza podía ver un pedazo de mar y, a esas alturas de mi vida, tampoco necesitaba mucho más.

Aquella tarde subí al autobús que me llevaba a casa.

Había bastante gente.

Avancé por el pasillo buscando un asiento y entonces la vi.

Una mujer aproximadamente de mi edad estaba sentada junto a la ventanilla.

No sé por qué me fijé en ella.

O quizá sí.

Llevaba un guante negro.

Seguí andando.

Dos pasos.

Tres.

Me detuve.

Miré hacia atrás.

La mujer contemplaba tranquilamente el paisaje al otro lado del cristal.

El pelo gris.

El rostro lleno de los años que también llenaban el mío.

Y aquel guante.

Negro.

Largo.

Sentí que el corazón comenzaba a golpearme.

No podía ser.

Habían pasado más de cuarenta años.

Me acerqué.

—Perdone…

La mujer levantó la mirada.

—¿Sí?

Miré otra vez su mano.

—Irene.

Frunció el ceño.

—¿Cómo?

—¿Tú eres Irene?

Me miró extrañada.

Después sonrió.

—Dios… Hace muchísimos años que nadie me llama por mi nombre artístico.

Tuve que agarrarme al respaldo del asiento.

—Entonces eres tú.

—Sí… ¿Nos conocemos?

—Desde luego que nos conocemos.

Me miró.

Intentaba encontrar en mi cara a alguien que ya no estaba allí.

—Espera…

No dije nada.

—Esa voz…

Se llevó la mano enguantada a la boca.

—Tú… Tú eres…

—Mónica.

—¡Dios mío! ¡Mónica!

Nos abrazamos.

Y lloramos.

Lloramos allí mismo, en medio de un autobús lleno de desconocidos, como dos niñas a las que les hubieran devuelto de repente cuarenta años de su vida.

Me senté a su lado.

Hablamos.

De aquellos hoteles.

De las chicas.

De los músicos.

De los que seguían vivos.

Y de los que ya no estaban.

Recordamos nombres que llevábamos décadas sin pronunciar.

Hasta nos reímos de cosas que entonces nos habían parecido terribles.

En algún momento bajé la mirada.

El guante seguía allí.

Irene se dio cuenta.

—Lo estás mirando.

—Sí.

—Después de cuarenta años sigues siendo igual de curiosa.

Nos reímos.

—¿Todavía lo necesitas?

Irene permaneció unos segundos en silencio.

Miró su mano.

—No.

Aquello me sorprendió.

—Entonces… ¿por qué lo llevas?

Acarició lentamente la tela negra.

—Durante muchos años lo llevé para que nadie viera mis cicatrices.

Me miró.

—Ahora lo llevo para no olvidar que sobreviví a ellas.

No pude contestar.

El autobús continuó avanzando.

Fuera comenzaba a verse el mar.

Seguimos hablando hasta que Irene miró por la ventanilla.

—La próxima es la mía.

—¿Dónde vives?

Señaló hacia algún lugar que no llegué a distinguir.

—Por ahí. Cerca del mar.

El autobús se detuvo.

Irene se levantó.

Nos abrazamos otra vez.

—No vamos a tardar otros cuarenta años, ¿verdad?

Sonrió.

—No creo que tengamos otros cuarenta para comprobarlo.

—Tonta.

Se echó a reír.

Bajó del autobús.

Desde la ventanilla la vi alejarse despacio.

El vehículo arrancó.

Me quedé mirando hasta que desapareció.

Entonces bajé la vista.

Sobre el asiento donde había estado sentada Irene había algo.

El guante negro al atardecerEl guante negro.

Me levanté de golpe.

Lo cogí.

—¡Pare! ¡Pare, por favor! ¡Se ha dejado…!

Me callé.

Miré el guante que tenía entre las manos.

Y comprendí.

Irene no se lo había olvidado.

Me acerqué a la ventanilla.

Ya no podía verla.

Apreté aquel viejo guante negro entre mis manos y sonreí mientras las lágrimas volvían a caer.

Cuarenta años antes, una niña de quince años había conseguido salir de una casa en llamas.

Aquella tarde, en un autobús cualquiera camino del mar, comprendí que Irene acababa de salir de ella por segunda vez.

Y esta vez…

no necesitaba esconder las cicatrices.