Juan y Luis comparten una habitación de hospital y una certeza: ninguno de los dos verá amanecer. Cuando un extraño se sienta en la silla que separa sus camas, comprenden quién ha venido a buscarlos. Pero la Muerte no siempre llega para separar. A veces conoce secretos que la vida se empeñó en ocultar.
La habitación tenía dos camas y una silla en medio.
A esas horas de la noche, el hospital parecía otro lugar. Por el pasillo apenas se escuchaba nada. De vez en cuando, unos pasos, el ruido lejano de una puerta o el pitido de alguna máquina recordaban que, detrás de aquellas paredes, todavía había gente luchando por quedarse.
Los dos hombres estaban despiertos.
Ninguno había preguntado al otro qué tenía. Tampoco hacía falta. Llevaban suficientes días allí para reconocer ciertas miradas, determinados silencios y esa forma extraña que tienen los médicos de hablar cuando ya no queda mucho que explicar.
Uno miraba al techo.
El otro, hacia la ventana.
—¿Duermes?
—No.
Pasaron unos segundos.
—Yo tampoco.
Volvió el silencio.
Quizá los dos sabían que aquella podía ser su última noche. Quizá por eso ninguno tenía sueño.
Entonces se abrió la puerta.
No entró ninguna enfermera.
Un hombre apareció en el umbral. Vestía con absoluta normalidad. Podría haber sido un médico que acababa su turno, un familiar que se había equivocado de habitación o simplemente alguien que buscaba a otra persona.
Cerró la puerta detrás de él.
No dijo buenas noches.
Caminó despacio hasta la silla que había entre las dos camas y se sentó.
Los dos enfermos lo miraron.
—Perdone —dijo uno—. ¿A quién busca?
El desconocido levantó la mirada.
—A vosotros.
Ninguno respondió.
Entonces el hombre dejó apoyado contra la pared el objeto largo que llevaba en la mano.
Uno de los enfermos lo observó durante unos segundos.
Tragó saliva.
—¿Eso es… una guadaña?
El desconocido volvió la cabeza, como si casi hubiera olvidado que la llevaba consigo.
—Sí.
El hombre de la otra cama cerró los ojos.
Ya sabía quién acababa de sentarse en la silla de en medio.
—Seguro que conoces nuestros nombres, ¿verdad?
El desconocido sonrió.
—Sí. Esa pregunta era muy fácil, Juan.
—Ya, es verdad. ¿Para qué vamos a ponernos ahora filosóficos? He tenido toda la vida para eso.
—No, Juan. No has tenido toda la vida.
Juan volvió la cabeza hacia él.
—¿Cómo?
—Solo has tenido la mitad.
—No lo entiendo.
El hombre de la silla suspiró.
—Juan, venga. No tienes mucho tiempo como para perderlo conmigo. Eres más listo que eso.
Juan sonrió.
—Sí, eso es verdad. Pero yo no tenía ni idea de que en los últimos suspiros vinierais a visitarnos.
—No lo hago con todos.
Luis, desde la otra cama, intervino por primera vez.
—¿Entonces?
—La mayoría se van sin verme. Yo solo visito a algunos. A los que realmente me enriquecen. Y esta noche os tengo a los dos. Me viene estupendamente. Así mato dos pájaros de un...
Se detuvo.
Los tres se miraron.
Y comenzaron a reír.
—Muy gracioso —dijo Juan.
—Lo siento. A veces se me olvida con quién estoy hablando.
Luis se incorporó ligeramente sobre la almohada.
—Pero tú...
—Tú, tú... Sí, Luis. No te cortes. Puedes llamarme como quieras.
—¿Por qué nosotros? En esta planta estamos todos igual. La mayoría no veremos salir el sol.
—Luis, te digo lo mismo que a Juan: no pierdas el tiempo. Os queda poco.
La sonrisa desapareció de los dos rostros.
El desconocido se acomodó en la silla.
—Os voy a contar algo. Vosotros nacisteis el mismo día.
Juan miró a Luis.
—¿Y?
—A la misma hora.
Los dos permanecieron en silencio.
—Y os iréis exactamente a la misma hora.
—Anda... —dijeron los dos a la vez.
El hombre sonrió.
—Eso tampoco lo sabíais.
—No.
—Como otras muchas cosas que voy a contaros.
Se inclinó hacia delante.
—Los dos dejasteis a una mujer llamada Carmen.
Juan dejó de sonreír.
Luis también.
—¿Tú...? —preguntó Juan mirando a la otra cama.
—¿Carmen? —murmuró Luis.
—Sí —continuó el desconocido—. Carmen. A ella ya fui a verla hace unos días.
Esta vez ninguno preguntó nada.
No hacía falta.
—Y los dos perdisteis un hijo.
Juan cerró los ojos.
Luis agarró con fuerza la sábana.
—Los dos se llamaban Antonio.
—No puede ser...
—Sí puede ser.
El hombre de la silla bajó la voz.
—Y antes de que penséis lo que estáis pensando, yo no tuve nada que ver. Estáis confundidos con mi trabajo. No soy lo que creéis. El cine, los libros, las historias que habéis contado sobre mí durante siglos... os han estado engañando.
—¿Los dos...? —dijo Luis.
—¿Los dos qué? —preguntó el desconocido.
—Los dos hemos vivido todo eso...
—Vamos —protestó Juan—. ¿No eres tú quien dice que no perdamos el tiempo? Pues no lo pierdas tú tampoco.
El hombre soltó una carcajada.
—Me caes bien, Juan.
Después miró a ambos.
—Será la última vez que podáis hablar conmigo. Así que decidid. ¿Queréis conocer lo que he venido a contaros o preferís que me marche? Si me voy, no habrá más preguntas. Volveré cuando llegue el momento y entonces será el final.
Juan miró a Luis.
Luis miró a Juan.
Por primera vez desde que compartían habitación, se observaron como si intentaran encontrar algo el uno en el otro.
—Sí —dijo Juan.
—Sí —repitió Luis—. Cuéntalo.
El hombre se levantó de la silla.
—Entonces tumbaos. Cerrad los ojos. Y no digáis nada hasta que termine.
Los dos obedecieron.
—Los dos crecisteis en un orfanato. Ninguno conserva recuerdos de sus primeros años. Después fuisteis acogidos por familias diferentes. Os llevaron lejos el uno del otro. Crecisteis sin saber nada del otro. Tuvisteis otras familias, otros apellidos, otras ciudades, otras vidas...
Hizo una pausa.
Juan abrió los ojos.
—Los he cerrado —dijo el desconocido—. He dicho que no los abras.
Juan volvió a cerrarlos.
—Bien. Ahora viene lo que nunca os contaron.
Silencio.
—Juan y Luis...
La habitación pareció quedarse completamente quieta.
—Sois hermanos.
Ninguno abrió los ojos.
Durante unos segundos solo se escuchó la respiración de ambos.
—¿Hermanos? —preguntó finalmente Luis.
—Gemelos —respondió el hombre.
Juan abrió los ojos de golpe.
—¡Pero qué cojones...!
—Juan...
—¡No! Ahora no me digas que cierre los ojos. Este hombre lleva tres días en la cama de al lado y me estás diciendo que es mi hermano.
Luis también los abrió.
Los dos se miraron.
Esta vez durante mucho tiempo.
—¿Quién era nuestra madre? —preguntó Luis.
El hombre volvió a sentarse en la silla.
—Se llamaba Elena. Tenía veintisiete años. Murió pocas horas después de que nacierais.
—¿Y nuestro padre?
El hombre tardó en responder.
—Vuestro padre vivió muchos años.
—¿Nos abandonó?
—No exactamente.
—¿Sabía que existíamos?
—Sí.
Juan apretó los labios.
—Entonces nos abandonó.
La Muerte no respondió.
—¿Quién era?
—El casero de vuestra madre.
Juan soltó una pequeña carcajada sin humor.
—Magnífico. Mi padre era el casero.
—Era un hombre casado. Tenía otra familia. Vuestra madre alquilaba una pequeña vivienda de su propiedad. Se enamoraron, o eso creyeron durante algún tiempo. Cuando ella murió tuvo que elegir entre reconocer a dos niños recién nacidos y destruir la vida que ya tenía... o guardar silencio.
—Y guardó silencio.
—Toda su vida.
Luis miró hacia la ventana.
—Bonito hijo de puta.
—No he venido a juzgarlo —respondió la Muerte—. Eso es cosa vuestra.
Juan volvió la cabeza hacia su hermano.
Todavía le costaba pensar aquella palabra.
Hermano.
—¿Nos vimos alguna vez?
La Muerte sonrió.
—Muchas.
Los dos lo miraron.
—En 1978 estuvisteis sentados en el mismo banco de una estación durante veinte minutos.
—No...
—En 1996, vuestros coches quedaron uno detrás del otro en un atasco. Luis incluso se bajó del suyo y pasó junto a tu ventanilla.
Juan negó lentamente con la cabeza.
—En 2012 comisteis en el mismo restaurante. Mesas contiguas. Y hace tres años coincidisteis en una sala de espera de este mismo hospital.
—¿Y nunca hablamos?
—Nunca.
Luis permaneció pensativo.
—¿Cuántas veces?
La Muerte bajó la mirada.
—¿Importa?
—Sí.
—Treinta y siete.
Ninguno dijo nada.
—Treinta y siete veces —repitió Juan.
—La vida os puso treinta y siete veces uno delante del otro. En una estación, una calle, un restaurante, un cine, una gasolinera... Una vez hasta comprasteis el mismo periódico en el mismo quiosco. Luis salió y tú entraste.
—Y ahora nos encontramos aquí.
—Sí.
Juan miró las dos camas.
Después miró la silla que las separaba.
—Justo para morir.
La Muerte negó lentamente.
—No, Juan. Justo para conoceros.
Luis tragó saliva.
—¿Cuánto nos queda?
Por primera vez desde que había entrado en la habitación, el hombre no respondió inmediatamente.
Miró su reloj.
—Veintitrés minutos.
Los dos hermanos se quedaron mirándose.
Toda una vida buscándose sin saber que buscaban a alguien.
Y ahora tenían veintitrés minutos para ser hermanos.
Luis miró el reloj de la pared.
—Ha pasado un minuto.
El hombre permaneció sentado.
—Lo sé.
Juan miró también.
—Pero has dicho que a las...
—Sí, Juan. Sé perfectamente lo que he dicho.
Pasó otro minuto.
Después otro.
Luis apretaba todavía la mano de su hermano.
—¿Nos estás regalando tiempo?
El hombre de la silla sonrió.
—No. El tiempo no es mío.
Se levantó despacio y recogió la guadaña que había dejado apoyada contra la pared.
—Simplemente voy a llegar tarde.
Juan lo miró sin comprender.
—¿Tarde? ¿Adónde?
El hombre abrió la puerta.
—Tengo otra visita.
—¿Y puede esperar?
La Muerte se volvió hacia ellos.
—No.
—Entonces vete.
—Eso estoy haciendo.
—¿Y nosotros?
Miró una vez más el reloj.
—Vosotros hablad. Tenéis muchas cosas que contaros.
Luis frunció el ceño.
—¿Cuánto tardarás?
—Lo suficiente.
—Eso no es una medida de tiempo.
—Para mí sí.
Juan soltó una carcajada.
—¿Y quién es el siguiente?
La Muerte permaneció unos segundos en el umbral.
—Una niña.
Los dos hermanos dejaron de sonreír.
—¿Una niña? —murmuró Luis.
—Sí.
—¿Cuántos años?
La Muerte bajó la mirada.
—Siete.
Juan apretó con más fuerza la mano de su hermano.
—Joder...
La Muerte abrió la puerta.
—Por eso vosotros podéis esperar.
Y salió.
La puerta se cerró.
Por primera vez en toda su vida, Juan y Luis estaban solos con su hermano.
La Muerte caminó por el pasillo.
Nadie se apartó para dejarla pasar.
Una enfermera cruzó a su lado mirando unos papeles. Un médico pasó hablando por teléfono. Más adelante, una mujer lloraba abrazada a un hombre frente a una puerta cerrada.
Ninguno pareció verla.
Llegó a los ascensores.
Esperó.
Las puertas se abrieron.
Entró.
Planta 4.
Cuando volvió a abrirse el ascensor, el pasillo era diferente. Había dibujos pegados en las paredes, animales de colores, estrellas, nubes y un enorme sol amarillo pintado junto a una puerta.
La Muerte avanzó despacio.
Esta vez no llevaba la guadaña.
La había dejado apoyada junto a la silla de en medio.
Al final del pasillo había una niña sentada en un banco.
Tendría siete años.
Movía las piernas, que no llegaban al suelo, mientras abrazaba una muñeca contra el pecho.
La Muerte se detuvo delante de ella.
La niña levantó la cabeza.
—Has tardado.
—Lo sé.
—Dijiste que vendrías antes.
—He tenido que visitar a dos señores.
—¿Se han muerto?
La Muerte se sentó a su lado.
—Todavía no.
La niña volvió a mover las piernas.
—¿Y tú eres la Muerte?
El hombre sonrió.
—Eso dicen.
La niña lo observó detenidamente.
—Pues no das miedo.
—Gracias.
—Mi madre dice que no tengo que hablar con desconocidos.
—Tu madre tiene razón.
—Entonces no puedo hablar contigo.
—Supongo que no.
Permanecieron unos segundos en silencio.
La niña acarició el pelo de su muñeca.
—Pero yo ya te conozco.
La Muerte dejó de sonreír.
—Sí.
—¿Verdad?
—Sí.
La niña apoyó la cabeza en su brazo.
—¿Vamos a verlos?
La Muerte miró hacia el fondo del pasillo.
Después miró el reloj.
—Sí.
—¿A los dos?
—A los dos.
La niña sonrió.
Se levantó del banco y extendió la mano.
La Muerte la cogió.
Y juntos comenzaron a caminar hacia los ascensores.
Cuando la puerta de la habitación volvió a abrirse, Juan estaba hablando.
—...y entonces me marché de casa. Tendría diecinueve años.
Luis sonreía.
—Yo me fui con dieciocho.
—¡No jodas!
—Te lo juro.
—Pues empezamos bien como hermanos.
Los dos se rieron.
La niña apareció en la puerta.
Las risas cesaron.
Detrás de ella estaba la Muerte.
Juan miró a la niña.
Después a Luis.
Y finalmente al hombre que los había reunido.
—¿Quién es?
La niña dio un paso hacia las camas.
La Muerte cerró la puerta.
—Se llama Elena.
Juan palideció.
Era el nombre de su madre.
—¿Elena?
—Sí.
La niña miraba alternativamente a los dos hombres.
—Me has dicho que iba a conocer a mi abuelo.
Juan y Luis se miraron.
—¿Tu abuelo? —preguntó Luis.
La Muerte asintió.
—Elena es hija de Antonio.
El silencio fue absoluto.
Juan dejó caer la cabeza sobre la almohada.
Luis cerró los ojos.
Antonio.
El hijo que ambos habían perdido.
—Entonces... —murmuró Juan—. Antonio...
—Sí.
—¿Solo hubo un Antonio?
—Solo uno.
Luis respiró profundamente.
—¿Y Carmen?
La Muerte sonrió.
—También hubo una sola Carmen.
Juan miró a su hermano.
—No puede ser.
—Lleváis toda la noche diciéndome lo mismo.
La niña seguía esperando.
—¿Cuál de los dos es mi abuelo?
Ninguno se atrevió a responder.
Juan miró a la Muerte.
—¿Cuál?
La Muerte no contestó.
—Vamos. Tú lo sabes.
—Sí.
—Pues díselo.
—No.
—¿Por qué?
La Muerte se acercó a la niña y apoyó una mano sobre su hombro.
—Porque no importa.
—¡Claro que importa!
—No, Juan. Importaba hace setenta años. Importaba cuando os separaron. Importaba cuando ninguno sabía que tenía un hermano. Importaba cuando os cruzasteis treinta y siete veces sin reconoceros. Pero ahora ya no.
Luis comprendió antes que Juan.
Miró a la niña.
—Los dos.
La pequeña frunció el ceño.
—¿Los dos qué?
Luis sonrió.
—Los dos somos tus abuelos.
La niña miró a Juan.
Juan miró a su hermano.
Después extendió una mano hacia ella.
—Ven aquí.
Elena caminó hasta colocarse entre las dos camas.
Juan le cogió una mano.
Luis, la otra.
La Muerte regresó a la silla de en medio.
Durante unos segundos contempló a los tres.
—Nos has dicho que tenías otra visita —dijo Juan.
—Y la tenía.
—Pensábamos que venías a llevártela.
La Muerte negó con la cabeza.
—Ese es vuestro problema, Juan. Seguís creyendo que cada vez que aparezco es para llevarme a alguien.
Luis miró a Elena.
—Entonces ¿por qué has ido a buscarla?
La Muerte consultó su reloj.
—Porque vosotros teníais veintitrés minutos para conocer a vuestro hermano.
Miró a la niña.
—Y ella solo tenía veintitrés minutos para conocer a sus abuelos.
Juan dejó escapar el aire lentamente.
—Entonces esta noche no has venido a llevarte a nadie.
La Muerte levantó la mirada.
—Eso no he dicho.
El silencio regresó a la habitación.
Elena apretó las manos de sus abuelos.
Juan miró el reloj.
La hora había llegado.
Después pasó un minuto.
Y otro.
Y otro.
Luis miró al hombre de la silla.
—Ha pasado la hora.
—Lo sé.
—¿Nos estás regalando tiempo?
La Muerte sonrió.
—No. El tiempo no es mío.
—Entonces, ¿qué estás haciendo?
La Muerte miró a Juan.
Después a Luis.
Finalmente, a la niña que sostenía las manos de ambos.
—Llegar tarde.
Juan sonrió.
—¿La Muerte puede llegar tarde?
El hombre se recostó en la silla.
—Esta noche sí.
La Muerte se levantó de la silla.
Miró a Elena y le tendió la mano.
—Vamos. Tu madre estará echándote de menos.
La niña soltó las manos de Juan y Luis y cogió la suya.
Antes de salir se volvió hacia las dos camas.
—Adiós, abuelos.
Juan y Luis no respondieron.
Solo sonrieron.
Habían comprendido.
La Muerte abrió la puerta y salió con Elena de la mano.
La puerta se cerró lentamente detrás de ellos.
La habitación quedó en silencio.
Juan buscó la mano de su hermano.
Luis se la dio.
Ya no miraron el reloj.
Habían necesitado toda una vida para encontrarse.
Y fue la Muerte quien, al final, tuvo que presentarles.