Capítulo IV — El rubio que callaba

Historias del 722

Por la mañana viaja entre amigos y risas. Por la tarde, el rubio vuelve solo en el 722, con los auriculares puestos y algo que todavía no se atreve a contar.


Capitulo IV EL CHICO RUBIOYa lo había visto otras veces.

Por la mañana subía al 722 con sus amigos: risas, bromas, zapatillas nuevas y alguna frase lanzada a las chicas del asiento cuatro. Siempre con educación, sin armar jaleo. Era uno más del grupo.

Pero por la tarde volvía solo. Siempre solo. Y callado.

Aquel día se sentó unas filas por delante de mí. Llevaba los auriculares puestos, aunque me dio la impresión de que no escuchaba nada. Miraba por la ventana sin apenas pestañear, como si el ruido de la mañana se le hubiera quedado pegado a los hombros y ahora le pesara.

Algunos días se sentaba a mi lado. Nunca hablaba mucho. Yo tampoco le obligaba. En el 722 uno aprende que hay silencios que piden compañía, no preguntas.

Quizá algún día me cuente cuál de las chicas del asiento cuatro le gusta. Tengo la intuición de que es la de los ojos azules. Hay otro de sus compañeros que también anda detrás de ella, pero, si me fijo bien, diría que ella mira más al rubio.

Aunque eso ya es otra historia.

Llegamos a nuestra parada. Bajó delante de mí y echó a andar hacia la derecha. Yo seguí recto. Ninguno dijo nada.

Mañana tal vez volvamos a vernos. Quizá a la misma hora. Quizá no.

Depende del tiempo.

Y del tiempo que pase.

 

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