Un hombre sube al 722 con una carpeta y una fotografía. Lleva años esperando el momento de volver a mirar a la niña que aparece en ella.
Subió en la parada del Ventorro, con paso lento pero firme. Llevaba un uniforme sin galones ni insignias, como quien quiere pasar desapercibido y, al mismo tiempo, no puede dejar de ser quien ha sido toda su vida.
Se sentó a mi lado con una pequeña carpeta entre las manos. La miró durante unos segundos, como si dudara si abrirla. Y lo hizo.
—Hoy me jubilo —dijo con voz ronca—. Han sido más de treinta años. Kosovo, Líbano, Afganistán… He visto muchas cosas. Buenas. Y otras… que no deberían existir.
El 722 avanzaba en silencio, como si respetara la confesión. Nadie más hablaba. Solo nosotros dos.
—Estuve en la base de Herat, en 2008. Aquella mañana volvíamos de una misión en las montañas cuando nos avisaron de un ataque en un poblado. Llegamos tarde. Solo quedaba una niña. Herida, cubierta de polvo y sangre, con la mirada vacía. Se llamaba Mulak.
Sacó una foto de la carpeta. Era una niña de unos nueve años. Tenía la cara sucia, los ojos inmensos y el pelo seco, como el aire que la rodeaba.
—Tuvimos que dejarla. No podíamos llevarla con nosotros. Reglas. Órdenes. La dejé en manos de una ONG. Pero cada noche… cada noche la veo. Esperando.
La voz se le quebró. Una lágrima cayó sobre la foto.
—He tardado años en encontrarla. He movido cielo y tierra, pero por fin sé dónde está. Vuelvo a verla. Ahora puedo. Ahora sí.
Le pedí la foto. La miré con atención y, al girarla, leí unas palabras escritas con letra temblorosa:
«Ven a buscarme…»
El militar no dijo nada más. Miraba al frente, con la vista fija en algún lugar que no estaba en Madrid.
El autobús se detuvo. Se levantó y guardó la foto con cuidado, como quien guarda una vida entera.
Antes de bajar, susurró:
—Ojalá llegue a tiempo.
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