Subió al 722 con un cuaderno azul bajo el brazo.
Tendría dieciséis o diecisiete años. Pelo algo revuelto, vaqueros, zapatillas y una mochila negra que dejó caer entre sus pies nada más sentarse.
Yo estaba unas filas más atrás.
El autobús arrancó y, mientras casi todos hicieron lo habitual —mirar el móvil, ponerse los auriculares, cerrar los ojos—, él abrió el cuaderno.
Sacó un lápiz.
Y empezó a dibujar.
Al principio no le presté demasiada atención. Pero después de unos minutos me di cuenta de que apenas levantaba la vista del papel.
Solo lo hacía durante unos segundos.
Miraba por la ventanilla.
Y volvía a dibujar.
No copiaba exactamente lo que veía. Lo transformaba.
Los edificios de Colmenar, las rotondas, los árboles que iban quedando atrás… todo aparecía en aquellas hojas convertido en otra cosa.
Cuando el 722 tomó la carretera hacia Madrid, cambió de página.
Entonces dibujó el interior del autobús.
Los asientos.
Las barras.
Una mujer mirando el teléfono.
Un hombre dormido junto a la ventanilla.
Y al conductor, reflejado parcialmente en el espejo.
Tenía algo.
No sé explicar qué era.
Quizá la forma de mirar antes de dibujar.
Porque mirar vemos todos.
Observar es otra cosa.
Cuando quedó libre el asiento de su lado, me levanté y me senté junto a él.
Cerró inmediatamente el cuaderno.
—Tranquilo —le dije—. No voy a copiarte los dibujos.
Sonrió.
—No son muy buenos.
—Eso tendrás que dejar que lo decidan otros.
Me miró de reojo.
—Mi padre ya lo ha decidido.
Aquello me hizo sonreír.
—¿Y cuál es el veredicto?
—Que pierdo el tiempo.
Guardó el lápiz entre las páginas.
—Dice que dibujar está bien como afición, pero que tengo que estudiar algo serio.
—¿Y qué es algo serio?
Se encogió de hombros.
—Una carrera. Algo que tenga trabajo. Informática, ingeniería… yo qué sé.
—¿Y tú qué quieres?
Miró el cuaderno.
No necesitaba responder.
—Dibujar.
Lo dijo bajito.
Como si hasta pronunciarlo estuviera mal.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
Volvió a abrir el cuaderno y pasó algunas páginas.
Había rostros.
Calles.
Edificios.
Personajes inventados.
Incluso pequeñas viñetas que parecían formar parte de alguna historia.
—Me gusta crear cosas —dijo—. Dibujar personajes, escenarios… A veces empiezo uno y luego me imagino quién es, dónde vive, qué le ha pasado…
—Entonces no solo dibujas.
—¿Qué hago?
—Cuentas historias.
Se quedó pensando.
El 722 seguía avanzando por la M-607.
—Mi padre dice que del arte no se vive.
—Tu padre seguramente quiere protegerte.
—Ya.
—Eso no significa que tenga razón en todo.
Me miró.
—¿Usted cree que se puede vivir de esto?
Aquella pregunta era más difícil de lo que parecía.
Podía haberle dicho que sí.
Habría quedado estupendamente.
También podía haberle dicho que no y darle la razón a su padre.
Pero ninguna de las dos respuestas habría sido cierta.
—Creo que vivir de cualquier cosa que te guste es difícil. Del dibujo también. Pero una cosa es que sea difícil y otra que alguien decida por ti que es imposible.
Se quedó callado.
—Lo que sí tienes que hacer es aprender —continué—. Mucho. Dibujar mucho. Equivocarte mucho. Y descubrir si esto te gusta solamente cuando estás sentado en el 722 con un cuaderno… o si realmente quieres dedicar parte de tu vida a ello.
Asintió lentamente.
Después volvió a enseñarme algunos dibujos.
Había uno que me llamó especialmente la atención.
Era Plaza de Castilla.
Pero no la Plaza de Castilla real.
Las torres parecían surgir de una ciudad futurista. Había pasarelas suspendidas entre los edificios y pequeños vehículos volando sobre la Castellana.
—¿Esto lo has imaginado tú?
—Sí.
—Pues no dejes que nadie te quite eso.
Cerró el cuaderno.
Ya estábamos entrando en Madrid.
Entonces recordé algo.
Busqué en mi cartera y saqué una tarjeta.
La miré durante unos segundos antes de entregársela.
Juan Montes Heredia
Director de Arte
Escuela de Talentos
El chico leyó el nombre.
Después me miró.
—¿Quién es?
—Alguien que sabe bastante más que yo de estas cosas.
Le tendí la tarjeta.
No la cogió inmediatamente.
—¿Y qué le digo?
—La verdad.
—¿Qué verdad?
—Que tienes diecisiete años, un cuaderno azul y muchas ganas de dibujar.
Sonrió.
—Me va a mandar a paseo.
—Puede ser.
—Vaya ánimos.
—También puede que no.
Finalmente cogió la tarjeta.
La observó por las dos caras y la guardó cuidadosamente dentro del cuaderno.
No en el bolsillo.
No en la mochila.
Dentro del cuaderno.
Aquello me gustó.
Llegamos a Plaza de Castilla.
Nos levantamos casi al mismo tiempo.
Antes de bajar, se volvió hacia mí.
—¿Usted cree que debería llamarle?
—Eso ya no me corresponde decidirlo.
Se quedó esperando algo más.
—Yo solamente te he dado una tarjeta.
Sonrió.
Bajamos.
Entre la gente de Plaza de Castilla lo perdí de vista en pocos segundos.
No sé si llamó.
No sé si Juan llegó a ver sus dibujos.
No sé si aquel chico acabó estudiando Bellas Artes, Diseño, Arquitectura, Informática o cualquier otra cosa.
Quizá hoy aquel cuaderno azul duerma olvidado en algún cajón.
O quizá siga dibujando.
Pero mientras caminaba hacia el metro pensé que, algunas veces, no hace falta cambiarle la vida a nadie.
Ni siquiera intentarlo.
A veces basta con dejar una puerta entreabierta.
Y permitir que sea el otro quien decida si quiere cruzarla.
