Subió en la parada del Zoco.
Era bajita, arrugada y elegante. De esas mujeres que parecen haberse arreglado toda la vida incluso para bajar a comprar el pan. Llevaba un abrigo beige, unos zapatos oscuros y un pañuelo rojo anudado al cuello.
El pañuelo destacaba sobre todo lo demás.
Rojo intenso. Vivo.
Se sentó a mi lado sin mirar, acomodó el bolso sobre las rodillas y suspiró como quien lleva demasiado tiempo cargando una mochila invisible.
El 722 arrancó.
Durante unos minutos no hablamos. Por la ventanilla, Colmenar iba quedándose atrás. Las calles conocidas, las rotondas, los últimos edificios. Después, la carretera.
Ella mantenía las manos sobre el bolso. Manos pequeñas, surcadas por venas y años. De vez en cuando acariciaba uno de los extremos del pañuelo.
Hasta que habló.
—¿Le importa si hablo un poco?
La miré.
—En absoluto.
—Es que hay días en que una necesita contar algo. Aunque sea a un desconocido.
Sonreí.
—A veces es más fácil precisamente por eso.
Me miró entonces por primera vez.
Tenía unos ojos claros, cansados, pero no tristes. O quizá sí. Hay tristezas que después de tantos años aprenden a disimularse.
—Hoy hace cuarenta años que no volví a escribirle.
No pregunté a quién.
Esperé.
—Era panadero —continuó—. Trabajaba de madrugada. Cuando todos dormíamos, él ya estaba haciendo el pan.
Sonrió.
Y durante un instante dejó de tener la edad que tenía.
—Algunas mañanas me dejaba una barra caliente en la puerta de casa. Envuelta en papel de estraza. Y dentro metía un papelito.
—¿Una nota?
—Un poema.
Se rio bajito.
—Malísimos. Eran malísimos.
—Entonces serían buenos.
Me miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque eran para usted.
Se quedó callada unos segundos.
El autobús seguía avanzando hacia Madrid mientras ella parecía viajar en dirección contraria, cuarenta años hacia atrás.
—Yo también le quería —dijo finalmente—. Muchísimo. Pero entonces las cosas eran diferentes. Mi familia… los vecinos… ya sabe usted. Todo el mundo opinaba de todo. Él no tenía estudios. Era panadero. Y yo…
Hizo una pausa.
—Yo fui una cobarde.
—Quizá tenía miedo.
—Es otra manera más amable de decirlo.
No contesté.
—Lo dejé por eso. Por miedo. Por vergüenza. Por el qué dirán. Esa frase ha hecho mucho daño, ¿sabe usted? El qué dirán.
Sí. Lo sabía.
—¿Y él?
—Me escribió durante un tiempo. Después dejó de hacerlo.
—¿Volvió a verlo?
Negó lentamente con la cabeza.
—Nunca.
El ruido del motor llenó el silencio que quedó entre nosotros.
—¿Sabe dónde está ahora?
Miró hacia la ventanilla.
—No.
Y añadió, casi en un susurro:
—Ni siquiera sé si sigue vivo.
Aquello cambió la conversación.
Hasta entonces hablábamos de un amor perdido. De pronto hablábamos también del tiempo.
Cuarenta años.
Pensé en todo lo que cabe dentro de cuarenta años. Bodas, hijos, trabajos, enfermedades, cumpleaños, despedidas. Toda una vida construida mientras, en algún rincón de la memoria, continúa oliendo una barra de pan recién hecha.
—¿Se arrepiente?
Tardó en contestar.
—No me arrepiento de mi vida. He tenido cosas buenas. He querido y me han querido. Pero algunas noches pienso qué habría pasado si aquel día hubiera abierto la puerta, hubiera cogido el pan y le hubiera dicho: «Me da igual lo que digan».
Sonrió.
—Seguramente habríamos discutido como todos los matrimonios.
Los dos nos reímos.
—Pero habría tenido pan caliente todas las mañanas.
—Eso seguro.
El 722 continuó descendiendo hacia Madrid.
Cuando faltaban dos paradas para Plaza de Castilla, volvió a quedarse callada.
Después giró la cabeza hacia mí.
—¿Y usted?
—¿Yo qué?
—¿A quién esperó?
Esta vez fui yo quien miró por la ventanilla.
Pasaban coches, edificios, personas que probablemente también llevaban historias guardadas. Pensé unos segundos antes de responder.
—A nadie. Yo escucho a los que aún esperan algo.
No preguntó más.
Cuando llegó su parada, se levantó despacio.
—Gracias por escucharme.
—Gracias a usted por contármelo.
Bajó del autobús.
La vi alejarse desde la ventanilla. Caminaba despacio, pero me pareció que lo hacía algo más ligera, como si durante aquellos kilómetros hubiera dejado cuarenta años de peso sobre el asiento.
El 722 volvió a arrancar.
Entonces miré a mi lado.
Allí estaba.
El pañuelo rojo.
Lo recogí con cuidado.
Todavía conservaba un poco de su perfume.
Miré hacia atrás, pero ya era tarde. La mujer había desaparecido entre la gente.
Doblé el pañuelo despacio y lo guardé.
Y pensé:
«Este será para el panadero.
Por si aún la espera.»