DINI se adentra en un universo donde las estrellas desaparecen y la oscuridad parece ocuparlo todo. NIDI le propone un desafío: dejar de mirar con los ojos para descubrir aquello que la mente todavía no comprende. Pero cuando está a punto de conocer una nueva realidad, algo inesperado interrumpe el viaje.
—DINI, dime qué ves.
Miré alrededor.
No sabía dónde estaba. O quizá sí, pero aquello no tenía un lugar que pudiera reconocer.
—Estrellas... galaxias... La del Sombrero... espirales... nebulosas... constelaciones...
Seguí mirando.
Había colores que jamás había visto. O que, al menos, mi cerebro no sabía cómo nombrar.
—¿Y qué más?
—Oscuridad. Entre ellas hay oscuridad.
—Sí. Oscuridad, DINI. Ahora voy a quitarte todo lo que estás viendo.
Las estrellas desaparecieron.
Después las galaxias.
Las nebulosas.
Los colores.
Todo.
—NIDI...
—¿Qué ves ahora?
—Nada. Está todo oscuro.
—Pues eso.
—¿Eso qué?
—Eso es lo que llamáis materia oscura.
—Pero si no veo nada.
—Exactamente.
—Entonces ¿cómo sabes que existe?
—Yo no he dicho que lo sepa. Sois vosotros quienes decís que existe porque podéis observar sus efectos. Sabéis que hay algo, pero todavía no sabéis qué es.
Me quedé mirando aquella nada.
—¿Y dónde está?
—En todas partes, DINI. No necesitas viajar fuera de ese pequeño planeta al que llamáis Tierra.
—Me confundes, NIDI.
—No es culpa de tu mente. Es culpa de cómo la utilizas.
—Gracias.
—Ábrela.
—La tengo abierta.
—No. La tienes llena.
Me quedé callado.
—Inténtalo otra vez. Deja de pensar como DINI.
—¿Y cómo quieres que piense?
—Como NIDI.
—Muy gracioso.
—No pienses como humano.
—¿CÓMO?
NIDI no contestó.
—Soy humano.
—Eso es lo que crees.
—No me jodas, NIDI. Bastante tengo con intentar salir de la Caja y ahora me vienes con que no soy humano.
—No he dicho eso.
—Lo acabas de decir.
—No. He intentado que pasaras a otra dimensión del pensamiento.
—¿De qué coño me estás hablando?
—Déjalo. Será en otra Caja.
—¡No! Ahora no me dejes así.
—Cierra la mente.
—¿No era abrirla?
—Para abrir algunas puertas primero tienes que cerrar las que ya conoces.
Cerré los ojos.
—No pienses en nada.
Pasaron unos segundos.
—Eso es precisamente lo que veo, NIDI. Nada.
—Deja de mirar con los ojos.
—Los tengo cerrados.
—Precisamente.
Silencio.
—Intenta ver sin ellos.
No sé cuánto tiempo pasó.
Un segundo.
Un minuto.
Quizá ninguno de los dos.
Y entonces...
—NIDI...
—¿Qué?
—Creo que veo algo.
NIDI guardó silencio.
—No sé qué es... pero está ahí.
—Entonces sigue mirando.
—Pero no es oscuro.
NIDI sonrió.
—Exactamente, DINI.
—¿Exactamente qué?
—Para ti acaba de dejar de serlo.
—¿Eso es la materia oscura?
NIDI volvió a sonreír.
—No.
Me quedé helado.
—¿Entonces qué coño estoy viendo?
NIDI se acercó.
—Eso era lo siguiente que quería enseñarte.
RIIIIIIIIING.
Abrí los ojos de golpe.
—¡NO!
El despertador.
Lo miré con odio.
—Maldito despertador... ahora no.
Me incorporé.
Miré la habitación.
La pared.
El techo.
La oscuridad.
Y durante unos segundos intenté cerrar otra vez los ojos.
—NIDI...
Nada.
—NIDI, cabrón...
Silencio.
Entonces recordé sus últimas palabras:
«Eso era lo siguiente que quería enseñarte.»
Y comprendí algo todavía peor.
Quería volver a dormirme.
LA CAJA SIGUE ABIERTA...
¿Creías que habíamos terminado de pensar?
DINI y NIDI todavía tienen muchas preguntas... y algunas respuestas que quizá nunca debieron encontrar.