El que no tenía nombre (3)

El banco del tiempo

Un anciano de barba blanca llega al Banco del Tiempo asegurando que no tiene nombre. Allí espera Dark. Entre ambos comienza una conversación sobre aquello que creemos ser: nuestro nombre, nuestra edad, nuestros recuerdos. Antes de marcharse, el desconocido deja una nota escrita, según asegura, hace mil años… cuando todavía no existían el tiempo ni el silencio.

 Aquel hombre tardó mucho en llegar al banco.

Dark lo vio aparecer a lo lejos.

Caminaba despacio.

No por cansancio.

Caminaba como quien no tiene ninguna prisa por llegar a un lugar que lleva toda la vida buscando.

Era mayor.

Muy mayor, quizá.

Tenía el cabello largo y blanco, una barba que parecía haber conocido demasiados inviernos y un bastón que apenas utilizaba.

De vez en cuando se acariciaba la barba.

O quizá la peinaba.

Como si buscara algo entre aquellos cabellos blancos.

Cuando llegó hasta el banco se detuvo.

Miró a Dark.

Después miró el lugar vacío a su lado.

—¿Puedo?

Dark hizo un gesto con la mano.

—El banco no es mío.

El hombre sonrió.

—Eso ya lo sé.

Dark levantó ligeramente la mirada.

Aquella respuesta le sorprendió.

El anciano se sentó.

Durante un rato contemplaron juntos las montañas.

Aquel día estaban cubiertas de nieve.

Blancas.

Inmensas.

El hombre respiró profundamente.

—No tengo nombre.

Dark volvió la cabeza.

—Eso debe de ser cómodo.

El anciano sonrió.

—¿Cómodo?

—Nadie puede llamarte.

El hombre soltó una carcajada.

—Tampoco pueden olvidarme.

Dark lo miró.

—Para olvidar a alguien primero hay que conocer su nombre.

—¿Estás seguro?

Dark no respondió.

El anciano volvió a acariciarse la barba.

—¿Cómo te llamas tú?

—Dark.

—Ese no es tu nombre.

—Es el que utilizo.

—No es lo mismo.

Dark permaneció en silencio.

El hombre señaló el camino con su bastón.

—A todos los que pasan por ahí alguien les puso un nombre.

—Normalmente los padres.

—Exactamente. No lo eligieron ellos.

Dark comenzó a comprender por dónde caminaba aquella conversación.

—Tampoco eligieron dónde nacer.

—Ni cuándo.

—Ni a sus padres.

—Ni el idioma que escucharían por primera vez.

Dark añadió:

—Ni siquiera decidieron nacer.

El anciano asintió.

—Y probablemente tampoco decidirán cuándo morir.

Los dos guardaron silencio.

Por el camino pasó una pareja.

Después un ciclista.

Más tarde una mujer con un perro.

Ninguno reparó en ellos.

—Entonces —preguntó Dark—, si no elegimos nuestro nombre, ni dónde nacemos, ni cuándo, ni siquiera nuestra llegada...

El anciano terminó la frase:

—¿Qué parte de nosotros es realmente nuestra?

Dark sonrió.

—Los pensamientos.

El anciano negó lentamente con la cabeza.

—¿Estás seguro de que todos tus pensamientos son tuyos?

Dark dejó de sonreír.

El hombre volvió la mirada hacia las montañas.

—Hoy están blancas.

—En unos días estarán secas —respondió Dark.

—Así es el alma. Blanca por las mañanas, seca por las noches.

Dark negó suavemente con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Blancos son los pensamientos.

Esperó unos segundos.

—Secas son las ideas.

El anciano lo miró.

Esta vez fue él quien permaneció callado.

El viento atravesó las ramas.

Una hoja cayó entre ambos.

Ninguno intentó recogerla.

—¿Sabes qué es lo primero que hacemos con una persona cuando nace? —preguntó el anciano.

Dark pensó.

—Comprobar que respira.

—Después.

—Darle un nombre.

—Exactamente.

El hombre golpeó suavemente el suelo con el bastón.

—Y desde ese momento comenzamos a llenar su caja.

Dark volvió la cabeza.

—¿Su caja?

—Nombre. Apellidos. Fecha de nacimiento. Lugar. Nacionalidad. Familia. Colegio. Profesión. Propiedades...

Hizo una pausa.

—Hasta que un día la caja está tan llena que la persona cree que todo aquello es ella.

Dark lo escuchaba atentamente.

—¿Y no lo es?

—Quítaselo.

—¿El qué?

—Todo.

El anciano se volvió hacia él.

—Quítale el nombre. Los apellidos. El dinero. La profesión. La casa. La nacionalidad. La edad. Incluso sus recuerdos.

Dark tardó en responder.

—Entonces no queda nada.

El anciano sonrió.

—O quizá entonces queda lo único que realmente era.

El viento dejó de soplar.

Dark miró las montañas.

Por alguna razón parecían más cercanas.

—¿Y qué queda?

El anciano se encogió de hombros.

—Llevo mucho tiempo intentando averiguarlo.

—¿Cuánto?

El hombre volvió a acariciarse la barba.

—Mil años.

Dark sonrió.

—No tienes pinta de tener mil años.

—Tú tampoco.

Dark giró rápidamente la cabeza.

El anciano seguía contemplando las montañas.

—¿Nos conocemos?

—Todos nos conocemos.

—No es una respuesta.

—Entonces has hecho una mala pregunta.

Dark soltó una carcajada.

—Empiezas a caerme bien, caballero de figura triste.

El anciano lo miró.

—O pensativa.

—Eso.

Volvieron a guardar silencio.

Pasaron algunos minutos.

O quizá más.

Con aquel banco nunca era fácil saberlo.

Entonces el anciano metió una mano en el bolsillo interior de su chaqueta.

Sacó un papel doblado.

Muy viejo.

El papel tenía el color del tiempo.

Y, de alguna manera, también olía a él.

Se lo entregó a Dark.

—Toma.

Dark lo sostuvo entre los dedos.

—¿Qué es?

—Algo que escribí.

—¿Cuándo?

El anciano miró las montañas.

Y entonces dijo:

—Lo escribí hace mil años, cuando aún no existía el tiempo. Ni el silencio.

Dark dejó de mirar el papel.

Aquella frase permaneció unos segundos suspendida entre los dos.

—Eso es imposible.

—Naturalmente.

—Entonces...

—Por eso ocurrió.

Dark sonrió.

Comenzaba a acostumbrarse a aquel hombre.

—¿Quieres que lo lea?

—Cuando me haya ido.

—¿Por qué?

—Porque mientras estoy aquí todavía puedes preguntarme.

El anciano se levantó.

Dark observó cómo se apoyaba en el bastón.

—Espera.

El hombre se volvió.

—Has dicho que no tienes nombre.

—Así es.

—Pero alguna vez tuviste uno.

El anciano sonrió.

—Todos tuvimos uno.

—Dímelo.

El hombre negó con la cabeza.

—Ya lo sabes.

Y comenzó a caminar.

Dark lo vio alejarse por el camino.

Durante unos instantes tuvo la extraña sensación de estar viendo marcharse a alguien conocido.

Muy conocido.

Quizá incluso alguien a quien había querido.

Pero no conseguía recordar quién.

Cuando el anciano desapareció entre los árboles, Dark miró el papel.

Lo abrió.

Solo había una frase.

Una única línea escrita con tinta negra:

«Cuando leas esto, ya habrás olvidado mi nombre.»

Dark sonrió.

—Muy gracioso.

Dobló el papel.

Entonces se quedó quieto.

Intentó recordar.

Banco sin nombreEl hombre había dicho su nombre.

Estaba seguro.

En algún momento de aquella conversación se lo había dicho.

Dark cerró los ojos.

Buscó en su memoria.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Miró hacia el camino.

El anciano ya no estaba.

Dark guardó el papel debajo del banco, junto a las otras cartas.

Después levantó la vista hacia las montañas.

Seguían blancas.

Pero había algo que le inquietaba mucho más.

No era haber olvidado el nombre de aquel hombre.

Era otra cosa.

Durante unos segundos...

Dark tampoco pudo recordar el suyo.