Te besé cuando te ibas

El banco del tiempo

Un muchacho llega al Banco del Tiempo con una carta que nunca se atrevió a entregar y un reloj detenido cinco minutos antes de las ocho. Ella se marchó sin saber que él la amaba. Muchos años después, alguien regresará buscando aquella carta.

El banco estaba vacío cuando llegó.

O eso creyó.

Llevaba una mochila azul, gastada por los años, y en la mano derecha una carta doblada con demasiado cuidado.

Se sentó en un extremo.

Como si no quisiera molestar.

Ni siquiera al aire.

Miró el reloj.

Las agujas marcaban las ocho menos cinco.

Esperó.

Volvió a mirarlo.

Las ocho menos cinco.

Sacudió ligeramente la muñeca.

El segundero avanzaba.

Pero las agujas continuaban allí.

—Me dijo que a las ocho... —murmuró.

—Entonces todavía quedan cinco minutos.

El muchacho se sobresaltó.

Dark estaba sentado en el otro extremo del banco.

No lo había visto llegar.

—¿Desde cuándo estás ahí?

Dark miró hacia el camino.

—Desde antes.

—¿Antes de qué?

—De que llegaras.

El muchacho decidió no preguntar más.

Volvió a mirar el reloj.

Las ocho menos cinco.

—Está roto.

Dark negó con la cabeza.

—Funciona perfectamente.

—No avanza.

—Tú tampoco.

El muchacho lo miró.

Dark seguía contemplando el sendero.

—¿Esperas a alguien?

El joven bajó la vista.

—Sí.

—¿Vendrá?

Tardó en responder.

—No lo sé.

Llevaba una carta entre las manos.

La doblaba.

La desdoblaba.

Volvía a doblarla.

Dark señaló el papel.

—¿Es para ella?

El muchacho asintió.

—¿La has escrito tú?

—Sí.

—Entonces dásela.

—No puedo.

—¿Por qué?

El muchacho apretó la carta.

—Porque ya se ha ido.

Dark lo miró por primera vez.

—Entonces no la estás esperando.

El joven guardó silencio.

—Estás esperando que vuelva.

Aquella frase le dolió.

Se notó.

El muchacho respiró profundamente.

—Nos conocimos en primero de Bachillerato.

Dark esperó.

—Ella hablaba de planetas.

Una sonrisa apareció en el rostro del joven.

—Sabía los nombres de las estrellas. Las distancias. Las constelaciones. Podía pasarse horas mirando el cielo.

—¿Y tú?

—Yo no entendía nada.

—Entonces, ¿qué mirabas?

El muchacho sonrió.

—Sus ojos.

Dark también sonrió.

—Eso suele estar bastante más cerca.

El joven bajó la mirada.

—Me enamoré despacio.

Hizo una pausa.

—Tan despacio que cuando quise darme cuenta ya era demasiado tarde.

El viento movió las ramas.

—Se marchaba.

—¿Dónde?

—Lejos.

—¿Cuánto es lejos?

El joven se encogió de hombros.

—Miles de kilómetros.

Dark negó suavemente con la cabeza.

—Eso es una distancia.

—¿Y qué diferencia hay?

—Que lejos no se mide en kilómetros.

El muchacho lo miró.

Dark señaló la carta.

—A veces alguien está sentado a tu lado y está mucho más lejos.

El joven acarició el borde del papel.

—Quería decirle tantas cosas...

Su voz comenzó a quebrarse.

—Que me daba igual que se fuera. Que el amor no se mide en kilómetros. Que yo la esperaría aquí...

Miró el banco.

—...los años que hicieran falta.

Una lágrima cayó sobre la carta.

Justo encima de una palabra.

Después otra.

Y otra.

El muchacho intentó secarlas con la manga.

Solo consiguió extender la tinta.

—Perfecto.

Dark no dijo nada.

—Ni siquiera ahora soy capaz de hacerlo bien.

—¿Hacer qué?

—Despedirme.

Dark miró hacia el camino.

—Quizá porque no quieres hacerlo.

El joven permaneció callado.

Después dijo:

—La vi marcharse.

Dark esperó.

—Subió al coche.

Silencio.

—Yo estaba detrás.

Apretó los labios.

—Ella no me vio.

Dark volvió lentamente la cabeza.

—¿Qué hiciste?

El muchacho cerró los ojos.

—La besé.

—Has dicho que no te vio.

—No me vio.

—Entonces...

El joven llevó dos dedos a sus labios.

—Besé mi mano.

Los mantuvo allí unos segundos.

Después extendió la mano hacia el camino vacío.

—Y se lo mandé.

Dark bajó la mirada.

El muchacho sonrió entre lágrimas.

—Te besé cuando te ibas —susurró—. No me viste. Pero lo hice.

Durante unos segundos ninguno habló.

Después el joven se levantó.

Dejó la carta sobre el banco.

—¿No te la llevas?

Negó con la cabeza.

—Por si vuelve.

Dark miró el sobre.

—¿Y si no vuelve?

El muchacho se colocó la mochila.

—Entonces guárdala.

—¿Cuánto tiempo?

El joven miró hacia las montañas.

—El que haga falta.

Y se marchó.

Dark lo observó hasta que desapareció por el sendero.

Después esperó.

Cinco minutos.

O quizá cincuenta años.

Con aquel banco nunca era fácil distinguirlos.

Cuando el viento comenzó a soplar de nuevo, Dark pasó la mano por debajo del asiento.

Encontró la pequeña hendidura de la madera.

Presionó.

Clic.

Un diminuto cajón oculto se abrió.

Allí estaban las cosas que nadie había sabido entregar.

Cartas.

Fotografías.

Una flor seca.

Una entrada de cine.

Un anillo.

Palabras que nunca llegaron a pronunciarse.

Y despedidas que habían dolido más que algunas muertes.

Dark colocó la carta junto a las demás.

Antes de cerrar el cajón se quedó mirando el sobre.

No tenía nombre.

Ni dirección.

Solo dos palabras:

«Para ella.»

Dark cerró.

Pasaron los años.

Muchos.

El muchacho no volvió.

La muchacha tampoco.

O quizá sí.

Porque una tarde, mucho tiempo después, alguien se sentó en aquel mismo banco.

Era una mujer anciana.

Llevaba un pañuelo sobre el cabello y caminaba apoyándose en un bastón.

Dark la observó llegar.

La mujer se sentó.

—He tardado —dijo.

Dark no respondió.

Ella pasó una mano lentamente sobre la madera.

—¿Sigue aquí?

Dark la miró.

—¿Qué cosa?

—Mi carta.

Dark permaneció inmóvil.

—¿Cómo sabes que hay una carta?

La anciana sonrió.

—Porque llevo toda la vida esperando leerla.

Dark abrió el pequeño cajón.

Buscó.

Encontró el sobre.

«Para ella.»

Se lo entregó.

Las manos de la mujer temblaron.

—¿Quieres que te deje sola?

—No.

Abrió el sobre.

Sacó la carta.

La tinta estaba desvaída.

Algunas palabras habían desaparecido bajo antiguas manchas de lágrimas.

La mujer comenzó a leer.

No lloró.

Sonrió.

Cuando terminó, acarició el papel.

—Era un idiota.

Dark sonrió.

—Eso parece.

—Yo también lo quería.

Dark dejó de sonreír.

—¿Él lo sabía?

La anciana negó con la cabeza.

—Nunca se lo dije.

Miró hacia el camino.

—Pensé que tendría tiempo.

Dark bajó los ojos.

Aquella era una frase que había escuchado demasiadas veces.

La mujer dobló la carta.

Entonces vio algo escrito en la esquina inferior derecha.

Frunció el ceño.

—Esto no estaba aquí.

—¿Qué?

La anciana le mostró el papel.

Había una fecha escrita a lápiz.

Una caligrafía temblorosa.

Dark leyó:

Colmenar Viejo, 14 de mayo de 1855.

Miró a la mujer.

—¿Cuándo os conocisteis?

Ella respondió sin dudar:

—En 2025.

Dark volvió a mirar la fecha.

  1.  

Banco Te bese cuandoDespués miró el reloj del banco.

Las agujas marcaban las ocho menos cinco.

Exactamente la misma hora.

La anciana se levantó.

—¿Puedo llevármela?

Dark cerró el cajón.

—Siempre fue tuya.

Ella dio unos pasos.

Se detuvo.

Y sin volverse preguntó:

—¿Sabes qué fue de él?

Dark contempló el camino.

—Sí.

La anciana esperó.

—¿Y?

Dark sonrió.

—Sigue esperando.

La mujer se volvió.

Pero Dark ya no estaba.

Solo quedaba el banco.

El viento.

Y aquel viejo reloj detenido...

cinco minutos antes de una despedida que quizá todavía no había ocurrido.