Hay personas de las que uno se enamora después de conocerlas. Y hay otras que no necesitan ni siquiera saber que existimos. A El Triste le ha bastado un café con leche, unos granos de azúcar y una desconocida entrando en una biblioteca para volver a enamorarse. El problema es que ella todavía no lo sabe.
Hoy he conocido el amor, pero ella no me conoce
Voy casi todos los días a la misma cafetería.
Ella también.
Yo suelo estar solo.
No sé por qué me llaman El Triste.
Yo no soy triste.
Bueno...
problema mío.
Ella entra.
Tan guapa como siempre.
Esos ojos.
Esos labios.
Ese pelo que, cuando sale de la cafetería, parece cobrar vida con el viento.
Siempre pide lo mismo.
Café con leche y un Manolito.
Yo intento no quemarme con el mío mientras la miro.
Disimuladamente, claro.
Uno todavía conserva cierta dignidad.
No recuerdo exactamente cuándo me enamoré de ella.
Quizá fue durante el segundo café.
O quizá ocurrió cuando echó el azúcar en el suyo.
La vi romper el sobre lentamente y dejar caer los granos.
Uno.
Otro.
Otro.
Y durante unos segundos tuve la absurda sensación de que mi vida se desparramaba con ellos dentro de aquel café.
Qué manos tan suaves.
Después removió la cucharilla.
Yo removí la mía.
Aunque no había echado azúcar.
Cuando terminó, se levantó.
Y yo también.
No inmediatamente.
Eso sería perseguirla.
Esperé unos segundos.
Los suficientes para poder decirme a mí mismo que simplemente habíamos decidido salir a la misma hora.
Ella caminaba delante.
Qué forma de andar.
Me recordó a aquella mujer de rojo de la película.
Aunque ahora que lo pienso...
no sé si la de la película era tan guapa como ella.
Quizá ella la supera.
La de la película llevaba un vestido rojo.
A ella todavía no la he visto de rojo.
Pero quedan cafés.
Quizá en el quinto.
Sigo detrás.
Sin acercarme demasiado.
No quiero que se asuste.
De pronto entra en la biblioteca.
Dios.
Encima es de las mías.
¿Cómo no la había visto antes?
Quizá se sentaba lejos.
Quizá incluso alguna vez estuvo en la mesa de al lado.
O quizá sí la vi, pero tenía delante el ordenador y uno puede pasarse media vida mirando una pantalla mientras suceden cosas mucho más interesantes justo detrás.
Entro.
Ella continúa caminando.
Entonces se gira.
Me mira.
Durante unos segundos.
Mi corazón, que hasta hace un momento funcionaba razonablemente bien para su edad, decide hacer el idiota.
Ella sigue mirándome.
Estoy seguro de que piensa:
Yo a este hombre lo conozco de algo.
Después continúa.
Se sienta en la segunda mesa.
Yo busco un sitio detrás de ella.
Entonces descubro un pequeño problema.
No llevo portátil.
No llevo cuaderno.
No llevo mis libros.
En realidad, no tengo absolutamente nada que hacer en una biblioteca.
Así que cojo un libro de una estantería.
Ni siquiera miro el título.
Me siento.
Lo abro.
Intento parecer profundamente interesado.
Ella vuelve a mirarme.
Esta vez sonríe.
Y me hace una seña con la mano.
Dios.
Me está llamando.
Levanto ligeramente la cabeza.
Ella insiste con el dedo.
Mira hacia mi libro.
Después gira la mano en el aire.
Miro el libro.
Está boca abajo.
Lo giro.
Ella sonríe.
Yo también.
Y vuelve a sus cosas.
Bueno.
Pues yo también vuelvo a las mías.
Cierro el libro.
Salgo de la biblioteca.
Regreso a la cafetería.
Mi café todavía estará frío.
Mejor.
Así no me quemaré.
Mañana volveré.
Quizá ella también.
Quizá algún día me diga hola.
Quizá llegue ese vestido rojo.
O quizá no ocurra absolutamente nada.
Tampoco sería la primera vez.
Porque ahora que lo pienso...
creo que ya sé por qué me llaman El Triste.
Tengo una facilidad extraordinaria para enamorarme.
Del pelo.
De unos ojos.
De unas manos dejando caer azúcar.
De una mujer caminando delante de mí.
De una desconocida entrando en una biblioteca.
Y después hago lo de siempre.
Espero.
Miro.
Imagino.
Y dejo que pase.
Mañana regresaré a la cafetería.
Me sentaré en mi mesa.
Pediré mi café.
Y probablemente volveré a enamorarme.
De ella.
O de la primera que pase.
Total...
como siempre, ninguna será para mí.
El Triste