Hay preguntas que uno no busca. Aparecen.
A veces mientras miras las estrellas. Otras mientras ves una película, estás sentado en el sofá o, sencillamente, mientras la mirada se pierde unos segundos en una televisión encendida.
Y entonces aparece una pregunta aparentemente sencilla:
¿Para qué?
El universo tiene unos 13.800 millones de años. Nosotros hemos llegado prácticamente ayer.
Antes de nosotros nacieron estrellas, murieron estrellas, se formaron galaxias, chocaron unas con otras, aparecieron nuevos sistemas, planetas, agujeros negros...
Miles de millones de años de materia, energía, fuego, oscuridad y espacio.
Pero ¿para qué?
Si nadie estaba allí para contemplarlo, ¿qué sentido tenía?
La hormiga
Quizá nuestro problema sea creer que podemos comprenderlo todo.
Pensemos en una hormiga.
Para ella, su realidad pueden ser unos cuantos metros cuadrados. Camina, encuentra alimento, vuelve al hormiguero, reconoce determinados peligros y continúa viviendo.
Puede caminar incluso sobre un ordenador.
Notará su superficie, su temperatura, las vibraciones. Tal vez encuentre una miga entre dos teclas.
Pero jamás comprenderá que debajo de sus patas existe una máquina conectada a una red mundial por la que circulan fotografías, conversaciones, libros, música y buena parte del conocimiento humano.
Internet existe.
Pero para la hormiga no existe.
No porque sea invisible, sino porque su cerebro carece de los conceptos necesarios para comprenderlo.
¿Y si nosotros somos esa hormiga?
Durante siglos nuestra caja fue la Tierra.
Después descubrimos que había otros mundos.
La caja se convirtió en el Sistema Solar.
Después descubrimos que nuestro Sol era solamente una estrella entre miles de millones.
La caja pasó a ser la Vía Láctea.
Después descubrimos miles de millones de galaxias.
Y ahora llamamos a nuestra caja universo.
Pero seguimos dentro.
¿Qué hay fuera?
La pregunta parece inevitable.
Si el universo fuera una enorme caja, ¿qué habría fuera?
Decimos que el universo se expande.
¿Hacia dónde?
Decimos que puede no existir un «fuera».
Pero nuestra cabeza protesta.
Si existe una caja, queremos abrirla.
Si existe un límite, queremos atravesarlo.
Y si conseguimos hacerlo y encontramos otra realidad, inmediatamente preguntaremos:
¿Y qué hay fuera de esta?
Otra caja.
Y después otra.
Y otra.
Hasta llegar a una pregunta de la que resulta imposible escapar:
¿Por qué existe algo en lugar de no existir nada?
La nada
Decimos con demasiada facilidad:
«Antes del universo no había nada».
Pero ¿qué es la nada?
Cuando intentamos imaginarla vemos oscuridad. Un espacio negro y vacío.
Pero eso ya es algo.
Existe un espacio.
Existe un vacío.
Quizá existe incluso un tiempo durante el cual ese espacio permanece vacío.
La nada absoluta sería mucho más extraña.
Sin materia.
Sin energía.
Sin espacio.
Sin tiempo.
Sin siquiera un lugar donde pudiera ocurrir algo.
Entonces aparece otra pregunta:
¿Cómo puede aparecer algo donde no existe siquiera la posibilidad de que aparezca?
Y si respondemos que alguien lo creó, tampoco hemos solucionado demasiado.
Porque inmediatamente preguntaremos:
¿Quién creó a ese alguien?
¿Dónde estaba?
¿Desde cuándo existía?
Y si respondemos que siempre existió, habremos aceptado algo todavía más interesante:
que puede existir algo sin haber sido creado.
Entonces, ¿por qué ese algo tiene que ser necesariamente un creador?
¿Por qué no podría ser la propia realidad?
No lo sabemos.
El «cómo» y el «para qué»
La ciencia intenta responder al cómo.
Cómo nacen las estrellas.
Cómo se forman las galaxias.
Cómo evolucionó la vida.
Cómo funciona la materia.
Cómo se expande el universo.
Pero existe otra pregunta que quizá sea todavía más difícil:
¿PARA QUÉ?
Podría ocurrir que la respuesta fuese brutalmente sencilla:
Para nada.
Quizá el universo simplemente existe.
Quizá somos nosotros quienes necesitamos encontrar una finalidad porque nuestro cerebro funciona así.
Hacemos una casa para vivir.
Construimos una carretera para desplazarnos.
Fabricamos una cámara para fotografiar.
Todo parece tener una finalidad.
Y por eso miramos el universo y preguntamos:
¿Para qué lo hicieron?
Pero quizá nadie lo hizo.
Quizá simplemente es.
Aunque también existe otra posibilidad.
Que estemos intentando comprender desde dentro de la caja algo cuya explicación se encuentra fuera de ella.
El Canal 24h
Y entonces, mientras pensaba en todo esto, levanté la mirada.
En la televisión estaba puesto el Canal 24h.
Y pensé:
¿Y si esta es la caja?
Estoy viendo un canal.
Para mí, en ese instante, la televisión es aquello que aparece en la pantalla.
Pero tengo un mando.
Pulso un botón.
Y aparece otro canal.
El anterior no ha dejado de existir.
Simplemente yo ya no estoy sintonizado con él.
Pulso otra vez.
Otro mundo.
Otra imagen.
Otra información.
Y entonces apareció una idea:
Quizá nos falta el mando.
Puede que aquello que llamamos realidad sea solamente el canal que somos capaces de recibir.
Nuestros ojos ven una pequeña parte de la radiación electromagnética.
Nuestros oídos captan solamente determinadas frecuencias.
Nuestro cerebro interpreta una pequeña fracción de todo lo que ocurre a nuestro alrededor.
Estamos construidos para percibir una realidad determinada.
¿Significa eso que existen otros «canales» de realidad?
No lo sabemos.
Pero sabemos algo importante:
que no percibir una cosa no demuestra que esa cosa no exista.
Una vieja radio puede estar rodeada de señales Wi-Fi, Bluetooth, GPS y comunicaciones de satélites.
Para ella no existe ninguna.
No tiene receptor.
Quizá nosotros tampoco.
Nos falta el mando
Y ese mando quizá no sea un objeto.
Puede ser una nueva física.
Una matemática que todavía no hemos descubierto.
Una tecnología futura.
Una inteligencia muchísimo más avanzada que la nuestra.
O quizá una forma de conciencia capaz de comprender conceptos que nuestro cerebro actual ni siquiera puede representar.
Porque puede que nuestro problema no sea que todavía no hayamos encontrado la respuesta.
Puede que sea mucho más profundo:
quizá todavía no poseemos el concepto necesario para entenderla.
La hormiga no necesita una explicación mejor de Internet.
Necesitaría otro cerebro.
Despertar
Entonces apareció una palabra.
DESPERTAR.
No en sentido religioso.
Ni místico.
Ni sobrenatural.
Despertar sería descubrir que aquello que considerábamos toda la realidad era solamente una parte.
Encontrar el mando.
Cambiar de canal.
Salir de la caja.
Y quizá entonces comprenderíamos el porqué.
El para qué.
Sabríamos si existen otras realidades.
Tal vez descubriríamos que todo tiene un sentido.
O quizá descubriríamos precisamente lo contrario.
Pero al menos habríamos visto la caja desde fuera.
Aunque seguramente ocurriría algo muy humano.
Encontraríamos el mando.
Pulsaríamos.
Descubriríamos otra realidad.
Nos quedaríamos maravillados durante cinco minutos.
Y al sexto preguntaríamos:
¿Y qué hay fuera de esta?
Otra caja.
Otro mando.
Otra pregunta.
Tal vez el verdadero despertar no consista en encontrar la siguiente caja.
Tal vez consista en descubrir por qué existen las cajas.
Y mientras tanto seguimos aquí.
Dentro.
Mirando las paredes.
Preguntando.
Buscando el mando.
