TE BUSCO DESDE LO LEJOS PARA BESARTE, MI AMADA

El Caminante

TE BUSCO DESDE LO LEJOS PARA BESARTE, MI AMADA
Fragmento de El Caminante
El Valle escucha

La noche caía lenta sobre el Valle de Giza.
El cielo estaba abierto, antiguo, y las estrellas parecían recordar cosas que los hombres habían olvidado.

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Natacha estaba en el balcón del observatorio egiptológico.
Llevaba un vestido de lana blanco, fino, cayendo hasta los pies descalzos que apenas tocaban el suelo, como si no quisiera pertenecer del todo a la Tierra.
Una de sus piernas se entrelazaba con la otra, los codos apoyados en la cornisa, las manos sosteniendo su rostro, el cuerpo inclinado hacia las pirámides como quien escucha una voz que no nace del aire, sino del tiempo.

El viento jugaba con su cabello: lo empujaba hacia el desierto, lo llevaba hasta el corazón del valle y luego regresaba, obediente, a acariciarle la mejilla.
Dark salió a la terraza y se detuvo en la puerta.

No dijo nada.
La contempló.
No a las pirámides —que también eran eternas— sino a ella, que lo era más.
Se quedó quieto, como si moverse fuera romper el equilibrio del universo.

Entonces caminó despacio hacia Natacha y, sin tocarla aún, pronunció en voz baja:


Te busco desde lo lejos para besarte, mi amada

Te busco desde lo lejos,
no con los pies, sino con la memoria.

Te busco en los pliegues del aire,
en las grietas del día,
en las preguntas que nadie se hace
cuando cae la noche.

Te busco como buscan los náufragos:
sin mapa, sin costa,
con la fe rota
pero caminando.

Porque no quiero encontrarte de golpe.
Quiero merecerte.

Te busco desde lo lejos para besarte, mi amada,
no en la piel,
sino en el instante anterior,
cuando el mundo aún duda
si existimos.

Si te encontrara ahora
no besaría tu boca primero.
Me detendría.
Escucharía tu respiración
como quien oye pasar el universo.
Dejaría que mis palabras
aprendieran tu nombre
sin pronunciarlo.

Luego sí:
te besaría los labios,
porque ahí habitan todas las respuestas
que aún no me atrevo a formular.

Otra vez…

Te busco desde lo lejos
en cada ciudad que no es la tuya,
en cada rostro que no es el tuyo,
en cada abrazo que no se completa.

Si esta noche tuviera que cruzar mil vidas
para llegar a ti,
las cruzaría
dejando migas de luz en cada paso,
por si algún día decides buscarme tú.

Porque el amor verdadero
no se encuentra:
se construye
desde ambos extremos del tiempo.

Y existe un punto secreto
entre tu mundo y el mío
donde el beso no es herida,
donde el deseo no arde,
donde nadie se rompe.

Allí quiero besarte.
Allí te espero.
Desde lo lejos.
Mi amada.


Mientras hablaba, el viento llevó su voz hacia las arenas.
Las palabras descendieron por las laderas del valle, se deslizaron entre las piedras milenarias y un eco antiguo las repitió.

Las tres pirámides escucharon.

El sonido regresó, deformado por los siglos, como si alguien —dos mil años atrás— hubiera pronunciado el mismo nombre, el mismo deseo, el mismo amor.

Natacha se volvió.

Quiso avanzar…
pero no pudo.

Su cuerpo se derritió por instantes dentro de sí misma.
Se dejó caer en la hamaca, inmóvil, respirando aquellas palabras que no parecían venir de Dark, sino de todas las vidas que habían sido.

Cuando el silencio regresó, ella susurró:

—Dark…

El valle respondió.

Y allí quedaron los dos, suspendidos en ese punto exacto donde el tiempo deja de existir.

El Caminante
Diego Pedrosa

Guion de voz en off

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