Pausa de hidratación /2: ¿Ciudad o verbena?

Tribuna

El autor reflexiona sobre el creciente protagonismo de las actividades festivas en la programación municipal y plantea si una ciudad también debería impulsar con la misma intensidad la cultura, la ciencia, el emprendimiento, el voluntariado o la participación ciudadana.

Hace unos días conversaba con una vecina. Una mujer culta, preparada, buena profesional, madre de hijos adolescentes y de esas personas que, antes de opinar, suelen pensar un poco.

Me decía que le preocupaba la enorme importancia que el Ayuntamiento parece conceder a las actividades festivas como principal forma de construir vida social. No cuestionaba que haya fiestas. Las fiestas forman parte de cualquier comunidad sana. Lo que le inquietaba era que parezcan haberse convertido casi en la respuesta automática para cualquier ocasión.

El ejemplo más reciente ha sido la llamada fiesta de fin de curso. Durante décadas, cada colegio, cada familia o cada grupo de amigos ha celebrado ese momento a su manera. No parecía existir una demanda social para convertirlo en un gran acontecimiento municipal. Poco después ha llegado el llamado carnaval de verano, una iniciativa que, al menos a mí, me cuesta encontrarle un sentido claro.

Porque, seamos sinceros, todos sabemos cuál acaba siendo el principal atractivo de muchas de estas convocatorias. Aunque el consumo de alcohol esté prohibido para los menores, la realidad suele abrirse paso por otros caminos. Basta darse una vuelta para comprobar que el problema no desaparece porque lo diga un cartel.

Mi interlocutora hablaba como empresaria, como madre y como ciudadana. Se preguntaba si el Ayuntamiento no podría dedicar una parte de ese ingente esfuerzo organizativo a promover encuentros relacionados con el emprendimiento, la ciencia, la cultura, la innovación, la formación o el voluntariado. Espacios donde también se construye comunidad, pero desde otros valores.

No se trata de eliminar las fiestas. Se trata de preguntarse si una ciudad puede aspirar a ser algo más que un calendario de celebraciones.

Una administración pública no solo organiza eventos. También transmite prioridades. Y cuando la programación festiva ocupa cada vez más espacio, es legítimo preguntarse qué mensaje estamos enviando, especialmente a los más jóvenes.

Quizá la mejor política municipal no sea la que consigue que la plaza esté llena un sábado por la noche, sino la que logra que un martes cualquiera haya vecinos creando empresas, aprendiendo, haciendo deporte, participando en una asociación o compartiendo conocimiento.

Las fiestas son necesarias. Pero una comunidad no puede construirse únicamente a golpe de fiesta. A veces conviene hacer una pausa de hidratación... y pensar hacia dónde queremos caminar.

Juan Torres

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